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¿Quieres sentarte, hijo y explicarte con más claridad? Yo conozco sólo una
caballerosidad digna. ¿En qué consiste esa elevada que tú afirmas conocer?
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Señor: ¿creéis que soy tan fuerte como mi primo Jacobo?
Teodorico
asintió con un gesto.
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¿Y que monto a caballo con tanta soltura y gallardía como él?
El
padre volvió a asentir.
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¿Y que puedo ajustar con la misma destreza que mi primo Jacobo? Le he
desmontado dos veces, rompiendo unas lanzas en nuestro propio patio.
Preguntándose
adónde iba a parar su hijo, asintió por tercera vez.
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Mi primo Jacobo recibió el espaldarazo en Troyes la semana pasada. Esta tarde
le hemos ofrecido un banquete para honrarle y mostrarle nuestro júbilo. Yo no
le envidio. Tampoco temo la caballería ni cuanto supone el ser armado
caballero. Pero he tenido dos motivos para no ser armado caballero la semana
pasada. Uno, la edad; otro -añadió poniéndose la mano sobre el corazón-, éste.
El
rostro del muchacho pareció iluminarse al añadir:
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Señor: quiero ser un valeroso servidor de Dios. Quiero hacerme monje.
(Tres
monjes rebeldes, P. Raymond).
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