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jueves, 25 de junio de 2020

Atraer e irradiar (Tres monjes rebeldes)


- Si queréis que Citeaux se extienda, habréis de hacer dos cosas contradictorias en apariencia: irradiar y atraer. 

El rostro del abad expresó complacencia. Le resultaba grato oír la opinión autorizada de aquel experto estratega. 

- ¿Qué queréis decir exactamente? 

- He observado con atención la corriente continua de postulantes que llegan a nuestra puerta. Citeaux los atrae. Pero ahora, y gracias a ellos, Citeaux puede empezar a irradiar. Ya ha comenzado con La Ferté en el sur. Mas si La Ferté sigue creciendo, como cualquier otra cosa filial, habrá de atraer lo mismo que Citeaux. Solamente así podrán irradiar. 

(Tres monjes rebeldes, P. Raymond)

jueves, 4 de junio de 2020

¡Hombres!


Sí, Citeaux necesitaba hombres, hombres de verdad, pues solo los de cuerpo y espíritu bien templados serían capaces de quedarse a vivir la vida que allí se llevaba. El pequeño monasterio, con sus pantanos, era un mundo muy duro, en el cual no había sitio para los afeminados ni para los inútiles. Era un mundo que exigía pasión, pero rechazaba los sentimentalismos. Un mundo que desafiaba a los hombres valerosos y abnegados, exigiéndoles más valor y más abnegación a cada hora. El abad sabía bien que el hombre varonil puede alcanzar el más alto grado de virtud y con su fortaleza llegar hasta la gigantesca santidad. 


(Tres monjes rebeldes, P. Raymond)

jueves, 14 de mayo de 2020

¡Fuera el mundo!



- Podría contaros muchas cosas sobre los pequeños gérmenes de mundanidad que se infiltran en un corazón monástico y lo van royendo poco a poco hasta hacer desaparecer su misma sustancia, pero no lo haré. Podría hablaros de los efectos perniciosos que la atmósfera, el ambiente, el tiempo, tienen sobre todas las cosas de la Creación, incluso sobre el más pudo corazón monástico; pero tampoco lo haré. Podría hablaros del colosal ejército de distracciones que surge como por encanto de la más nimia contemplación de la pompa, el color y la espectacularidad inherentes a un duque de Borgoña y a su escolta; pero tampoco lo haré. Me conformaré con rogaros que leáis el pasaje de la Regla de San Benito que cité hace un momento y os preguntéis si no es cierto que Santo nos ordena a voces la separación más completa del mundo, que la clausura sea absoluta. 

- ¡Pero aquí no entran mujeres…! 

- ¡Ah, Pedro! Eso es lo que yo llamo tener mentalidad literal. ¡Es el más puro de los puros fariseísmos! Clausura no quiere decir: “¡Fuera mujeres”. Quiere decir “¡Fuera el mundo!” ¡Y yo os aseguro que la de Citeaux va a ser una verdadera clausura! 

- Lo que pretendéis es absolutamente innecesario, Esteban. Estáis yendo más allá del rigor de la Regla. Estáis pecando contra la moderación, la gratitud, el respeto… 


- ¿No creéis que, en realidad, son demasiados los que acentúan excesivamente la moderación? ¡Mirad! –exclamó alzado el crucifijo- ¡Este no conoció la moderación! … ¡Aunque podía haber redimido al mundo con una sola gota de su preciosa Sangre, Jesucristo se desangró por completo!... ¡Y aún hay gentes que se dicen cristianas y piden “moderación”! Siempre he pensado que eran muy poco moderados en su insistencia al pedirnos moderación. 

- Observo que todos vuestros argumentos terminan con Cristo. 

- ¡Qué mala vista tenéis, Pedro! No; no acaban ahí, ¡empiezan ahí! San Benito nos ordenó no preferir otra cosa al amor de Dios. 

(Tres monjes rebeldes, P. Raymond)

jueves, 2 de noviembre de 2017

¡Nada de contemporizaciones!


Pedro contempló con mirada irónica a su amigo:

- ¿Pensáis hacer que el mundo se tambalee, Esteban? ¿Cuál será el próximo paso?

- Si interpreto debidamente la Regla de San Benito, debo reconocer su deseo de que los monjes fuesen cenobitas, al mismo tiempo que sus monasterios estuvieran solitarios.

- Os referís a algo que no logro adivinar.

- No es difícil. San Benito dice expresamente que un monasterio debe contener en su interior agua, un molino, un horno, un jardín y varios talleres, para evitar que los monjes necesiten salir fuera de su recinto. Yo le oigo exclamar: “Monjes, ¡no salgáis!...” Le oigo ordenar, aún de modo más imperioso: “Mundo, ¡no entres!” En otras palabras, Pedro: la tercera estrella en el firmamento cisterciense es la soledad. Ahora ya tenéis completo el triángulo ideal de Citeaux: sencillez, pobreza y soledad.

- ¡Oh, Esteban, estáis loco! ¿Qué os proponéis haciendo semejante cosa?

- Sin soledad no existe verdadero recogimiento; sin verdadero recogimiento no hay verdadera oración; sin verdadera oración los monjes no somos más que cáscaras de huevo vacías.

- Si el duque y los nobles no vienen más que los días de gran fiesta, estoy seguro de que su presencia no dañará lo más mínimo a vuestra comunidad.

- ¡Si hubierais conocido a Alberico no hablaríais de ese modo, Pedro! Él no tenía más que este lema: ¡nada de contemporizaciones! 

(Tres monjes rebeldes, P. Raymond)

jueves, 18 de mayo de 2017

No debieran preocupar a nadie que haya leído los Evangelios


El cluniacense se agitó, inquieto, en su asiento, y Esteban prosiguió:

- Los Evangelios contienen la biografía de un Hombre que fue por el mundo haciendo el bien. ¡Ya sabéis como el mundo se lo pagó! Le llamaron “bebedor de vino”, “amigo de los pecadores y publicanos”, le vituperaron juzgándole poseído por el demonio, le insultaron como violador de la Ley y sus propios parientes le mimaron como a un loco. Ese Hombre fue quien dijo: “Venid y seguidme”, y es a ese Hombre a quien nosotros intentamos seguir.


Esta es nuestra respuesta final a todos los ataques, Pedro. Ya sé que se nos considera unos imbéciles. Sé también que hay quienes afirman que hemos rebajado el significado de la Regla, de la naturaleza del hombre y de la dignidad del sacerdote. He oído al mundo reírse de lo que llama nuestro “fariseísmo”. Pero, tras el primer dolor de la sensibilidad natural, los comentarios, por acerbos que sean, dejan de preocuparme, como no debieran preocupar a nadie que haya leído los Evangelios.

(Tres monjes rebeldes, P. Raymond).

jueves, 27 de abril de 2017

¿Exagerados?


- Perdonadme Esteban, y hacedme la merced de aclararme racionalmente la situación. ¿No exigís demasiado a la naturaleza humana?

- Fijémonos en los hechos. Llevamos aquí doce años y nadie, que yo sepa, se ha muerto por falta de alimento o exceso de trabajo. ¿Acaso os parezco yo un pobre famélico?

- En absoluto.

- Pues lo mismo ocurre con todo mi rebaño. Las prescripciones de San Benito, que nos señalan dos raciones cocidas, una libra de pan y tres cuartas partes de una pinta de vino, no solo bastan para sostener el cuerpo y el alma separados . La carne lucha más contra el espíritu si está sobrealimentada.

- Pero eso, Esteban, es indudablemente más de lo que Dios exige.


- Depende de lo que queréis decir con esto, Pedro. Es cierto que Dios no exige hacer todo cuanto hacemos en Citeaux para ir al cielo. Ni siquiera exige lo que hacéis vosotros en Cluny. Una orden es una cosa y un consejo otra. Pero si creéis que en Citeaux hacemos más de lo que a Dios agrada, ¿cómo interpretáis esto? –dijo, tomando un crucifijo y alzándolo en la mano- ¡También se rieron de Él!

(Tres monjes rebeldes, P. Raymond)

jueves, 16 de marzo de 2017

¿Exagerados?


- Perdonadme Esteban, y hacedme la merced de aclararme racionalmente la situación. ¿No exigís demasiado a la naturaleza humana?

- Fijémonos en los hechos. Llevamos aquí doce años y nadie, que yo sepa, se ha muerto por falta de alimento o exceso de trabajo. ¿Acaso os parezco yo un pobre famélico?

- En absoluto.

- Pues lo mismo ocurre con todo mi rebaño. Las prescripciones de San Benito, que nos señalan dos raciones cocidas, una libra de pan y tres cuartas partes de una pinta de vino, no solo bastan para sostener el cuerpo y el alma separados . La carne lucha más contra el espíritu si está sobrealimentada.


- Pero eso, Esteban, es indudablemente más de lo que Dios exige.

- Depende de lo que queréis decir con esto, Pedro. Es cierto que Dios no exige hacer todo cuanto hacemos en Citeaux para ir al cielo. Ni siquiera exige lo que hacéis vosotros en Cluny. Una orden es una cosa y un consejo otra. Pero si creéis que en Citeaux hacemos más de lo que a Dios agrada, ¿cómo interpretáis esto? –dijo, tomando un crucifijo y alzándolo en la mano- ¡También se rieron de Él!

(Tres monjes rebeldes, P. Raymond)

jueves, 23 de febrero de 2017

Lo que pudisteis haber sido…


- Vos deberíais suspirar por lo que pudisteis haber sido. En Citeaux solo veo el entierro de vuestro talento, me pregunto qué dirá el Amo de la casa cuando os ajuste las cuentas.

Esteban sonrío:

- Habláis lo mismo que un duendecillo que solía visitarme a diario durante mis primeros días de estancia aquí. A diario me decía eso que vos decís ahora, Pedro. Os aseguro que citaba las Escrituras con asombrosa exactitud y llegaba a asustarme con la parábola de los talentos. ¿Sabéis cómo se llamaba ese duendecillo?

- No.

- Satanás –dijo Estaban con una carcajada-. Debo deciros, Pedro, que me probó muchas veces con esa misma tentación, encubierta con palabras idénticas a las que acabáis de pronunciar.


- ¡Ay, Esteban…! ¡El mundo se está riendo de vos!

- ¡No sabéis cuánto me alegra divertirle! –repuso el abad en tono ligero- Sé de otro Hombre que de quien el mundo se burló hasta el desprecio y precisamente después de realizar un milagro. Tal vez sepáis de Quien hablo…

(Tres monjes rebeldes, P. Raymond).

jueves, 2 de febrero de 2017

El blanco tiene todos los colores. Tres monjes rebeldes


- No hay duda de que el color blanco es el único realmente adecuado para el estado que abarca a toda clase de hombres para toda clase de propósitos, es decir, el estado monástico.

- Muy inteligente –comentó el prior con una sonrisa- aunque no demasiado convincente.

- ¿Qué no es convincente?.. Fijaos bien, Esteban. El negro es la ausencia de color. Entonces, ¿cómo puede ser simbólico el negro? ¿Cómo puede ser indicado para el estado monástico? En todos los monasterios hay almas ardientemente apostólicas que viven en el claustro y pueden convertir al mundo quemando sus almas en la oración. Para esas almas el único color simbólico sería el rojo, puesto que son mártires. Luego hay otras que poseen un corazón generoso que entregan por entero a Dios en la adoración. Su color sería el oro. Para la fresca y limpia hermosura de las de tantos jóvenes como acuden en la primavera de sus vidas a los claustros a fin de poder florecer exclusivamente para Dios, tendríamos el verde. El negro no sirve para ninguna de estas almas. Para las virginales se requiere el blanco. El amarillo rojizo serviría para las almas sacrificadas. Pero, sobre todo, se necesitaría el verdadero azul, o mejor aún, el púrpura de la majestad real, para simbolizar la grandeza de la lealtad del amor de penitencia que absorbe a cuantos después de haber nacido conocido el pecado llegaron a conocer el amor de nuestro Salvador. ¿Qué significa o simboliza el negro? Lo único que sugiere es la idea de la muerte, y los hombres no van a los monasterios a morir. Por lo menos a este nuestro vienen a vivir, a vivir exclusivamente para Dios.


- Sí, pero un monje debe estar muerto para el mundo y para todo lo bajo de su personalidad.

- De acuerdo, Esteban. Pero llevar luto por esa muerte carece de sentido. ¡Vistamos, pues, el blanco de la alegría y el regocijo! 

- Decidme –dijo Estaban sonriendo- ¿realmente pensasteis todo esto cuando adquiristeis la tela blanca?

- Para nada –respondió Alberico con una carcajada- el único criterio de la elección del color fue el seguimiento de la Regla. Si la lana roja fuera más barata que la blanca, ¡vestiríamos como cardenales!

(Tres monjes rebeldes, P. Raymond)

jueves, 19 de enero de 2017

¿Qué concepto tenéis de Citeaux? Tres monjes rebeldes


- Esteban, ¿qué concepto tenéis de la vida que llevamos en Citeaux?

- Somos penitentes por un mundo que no se arrepiente.

- ¡Muy bien! ¿Y nada más?

- Sí, sí, no seais impaciente. También somos ángeles de la Consolación para Cristo agonizante.


- Eso me gusta más. Hemos de convertirnos en escudos para el Sagrado Corazón. Es mucho el mal que el mundo está haciendo al Señor a quien servimos. Creéis que escondidos aquí en este pantano y dedicados a cantar salmos, cortar leña, arar los campos y cuidar del ganado, estamos cumpliendo el fin para el que fuimos creados por Dios, ¿no es así?

- Así es.

- ¿Creéis también que, a pesar de no hacer nada, como cree el mundo, estamos ayudando a salvar a ese mundo?

Los ojos de Esteban se iluminaron:

- Estoy plenamente convencido de que ayudamos a salvar al mundo aunque el mundo piense que nuestra vida es inútil. Por tanto, resulta que los que no hacemos nada contribuimos a la salvación del mundo.

(Tres monjes rebeldes, P. Raymond)

jueves, 24 de noviembre de 2016

Los lenitivos no son para los hombres


Al advertir que un buen número de monjes demostraban una oposición evidente ante la vivencia al pie de la letra de la Regla, el abad Roberto clamó:

- ¡Hombres de Dios, no estoy diciendo nada nuevo! Solo os pido prescindir de cosas que jamás debieron haberse introducido en un monasterio benedictino. Los lenitivos no son para hombres, por lo menos para hombres ansiosos de mostrar su valor para con Dios; tan ansiosos de hacerlo, que prometieron voluntariamente abandonar sus vidas para poder vivir solo para Él. He de deciros que los lenitivos, en cuanto al alimento, a las ropas, al trabajo manual, no cuadran en absoluto a los hombres que raparon su cabeza para que el mundo entero les reconociera como esclavos de Jesucristo. 


(Tres monjes rebeldes, P. Raymond)

jueves, 3 de noviembre de 2016

Hagamos olvidar a Dios que el mundo le está olvidando a Él


 Después de la Misa, la comunidad se reunió en la sala capitular. Roberto se sorprendió al comprobar la viveza de su pulso. Esperaba sacudir su apatía con la eficacia de su palabra:

- Hagamos olvidar a Dios el mundo que le está olvidando a Él.


A continuación les pintó un vivo panorama de lo que era el mundo en el año 1065. Les habló de la codicia que se había apoderado de los hombres, haciéndoles enloquecer en su ansia de poder, riqueza y placer. Dijo que una mundo “olvidado de Dios”, y rogó a sus monjes que hicieran a Dios olvidar su olvido.

Una vez captada su atención, varió de tono y les habló de la luz que inundara su mente desde los días de su noviciado, mostrándole la discrepancia entre la Regla escrita y la Regla que se observaba. Les habló del fuego que ardía en su alma por vivir la vida monástica de manera más generosa, de la manera de ser valerosos con Dios viviendo más estrictamente la observancia. Para hacer que Dios olvidara los pecados del mundo, debía haber más silencio y más soledad en los monasterios, los monjes debían ceñirse más estrechamente al texto de la Regla en cuando al alimento.

(Tres monjes rebeldes, P. Raymond)

jueves, 27 de octubre de 2016

Exterminio del hombre viejo


- Lo que el mundo monástico necesita es algo radical, algo drástico, algo que lo sacuda y haga tambalear su complacencia. No vivimos la Regla al pie de la letra.

- Claro que no. La letra de la Regla es mortal.

- Sí, es mortal para el hombre viejo, haragán, rencoroso, falto de generosidad, que vive muy hondo dentro de nuestro ser. Roberto tiene fe en el exterminio de ese hombre. Estoy completamente seguro de que en su propio caso lo ha conseguido totalmente, y pienso que tal vez pueda conseguirlo en otros.


(Tres monjes rebeldes, P. Raymond)

jueves, 6 de octubre de 2016

Solo un error en la vida


La tarde del entierro de Teodorico, Mario encontró a su amigo sentado ante su mesa, contemplando fijamente el crucifijo que tenía entre las manos.

- ¿Estáis pensando en la muerte? –le preguntó.

- ¡En la vida, Mauro, en la vida! –respondió con firmeza inesperada Roberto sin levantar siquiera los ojos- Lo que importa no es la muerte, lo que importa es lo que pasa antes de la muerte.

Y volviéndose hacia su amigo, añadió:

- Pensadlo bien; mi padre ha ganado la eternidad por lo que hizo en el tiempo. Las acciones que llamamos “pasajeras”, los hechos que llamamos “cosas del momento”, tienen una duración eterna. Nuestras vidas se viven bajo la mirada del Eterno, lo que comprobaríamos si tuviéramos los ojos bien abiertos. Mauro: nuestros días son proyectados contra un fondo de finalidad que asusta. ¿Oísteis las últimas palabras de mi padre?

- No.

- “Solo hay un error en la vida –dijo- el de no ser santo”.

- ¿Dijo eso?

- Sí, Mauro; tales fueron las palabras que, moribundo, pronunció mi padre, y en toda su vida no pronunció una sílaba más cierta. Para eso nacen los hombres, Mauro. Para eso estamos aquí, en San Pedro de la Celle, vos y yo: para no cometer el único error de la vida.


(Tres monjes rebeldes, P. Raymond).

jueves, 30 de junio de 2016

¿Quién no devolvería un amor como este?


Cada detalle conocido de la vida de Cristo, desde la Anunciación a la Ascensión, eran objeto de largas y fervorosas meditaciones del joven monje, que iba madurando. La cueva abierta en la ladera de Belén atraía poderosamente el pensamiento y la imaginación de Roberto.

La hombría del Hombre-Dios era lo que más arrebataba el alma de aquel joven viril. Veía a Jesús como al más bravo entre los valientes, y le enorgullecía sentirse armado por Él “Caballero de la Roja Cruz del Calvario” antes de cumplir los veintiún años.

Cuando Mauro le halló una vez con un dibujo de la Cruz sobre la cual, en el lugar del Cuerpo divino había superpuesto un libro abierto de la Regla, le preguntó con ligereza:

- ¿Qué título orgulloso habéis ideado para esa fantasía?

Roberto levantó sus llameantes ojos y repuso solemnemente:

- ¿Quién no devolvería un amor como este?


Después, señalando con el índice, primero el libro de la Regla y luego la Cruz, añadió:

- Esto es lo que yo le devuelvo por el suyo.

Y así fue creciendo la idea. El amor solo podía ser pagado con amor; la nobleza, con la nobleza; y la Cruz con la Regla.

(Tres monjes rebeldes, P. Raymond)

jueves, 9 de junio de 2016

¡No somos como San Benito!


El maestro respondió al joven novicio: 

-Me alegro de que hayáis hablado, hijo mío. Lo que decís no tiene nada de absurdo. ¿Cuál es el conflicto que habéis mencionado? 

-Mi padre me aconsejó entregar todo o nada –contestó Roberto, con el rostro encendido y los ojos fulgurantes-. Me dijo: “Desenvaina tu espada por Dios y no la envaines jamás”. Me dijo: “Sé un verdadero monje, un santo”. Para mí, eso significaba ser como San Benito. Por lo menos, eso es lo que creí que quería decir después de la charla del abad aquel día. Pero maestro, ¡no somos como San Benito! 

El muchacho hizo una pausa. Se sentía turbado por su propia intensidad. Sin embargo, no pudo evitar decir: 

-Estoy preocupado, Padre maestro. Quiero ser el mejor monje posible, lo que para mí significa ser como San Benito. Pero veo tantas desviaciones de su Regla, que no comprendo cómo… Reverendo Padre, ¿no sería la observancia original un regalo más generoso para Dios? 

(Tres monjes rebeldes, P. Raymond)

jueves, 19 de mayo de 2016

¿Qué diría San Benito? Tres monjes rebeldes (IX)


-¿Qué os ocurre, criatura?

-Creo que lo que vos llamaríais un conflicto de ideales –repuso Roberto- mirad, Padre maestro; la primera semana de mi estancia aquí, el abad pronunció una plática que penetró hasta la médula de mis huesos como un ascua encendida. Tal vez la recordéis. Fue aquella en la que al final de cada frase preguntaba: “¿Qué diría San Benito?”


El maestro asintió:

-Pues aquellas palabras me han servido de guía a través de todos los días de mi estancia en esta casa. En el trabajo, en el coro, durante la misa, en el dormitorio, en todas partes y a todas horas, en fin, me pregunto: “¿Qué diría San Benito?” Ello me ha ayudado mucho.

El maestro observaba atentamente al novicio, que prosiguió:

-Tales palabras me hicieron estudiar la Regla con mucho más ahínco del que hubiese puesto normalmente en hacerlo.

Roberto esperó un instante y prosiguió:

-Padre, aún no tengo diecisiete años. No he terminado mi noviciado. Por eso –aunque os parezca absurdo lo que diga- no tengo más remedio que deciros que a esa pregunta de “¿Qué diría San Benito?”, me respondo muchas veces “¡Qué eso no está bien!”

(Tres monjes rebeldes, P. Raymond)

jueves, 7 de abril de 2016

Novicio modelo. Tres monjes reeldes


El Padre Guillermo, Maestro de novicios, llamó a Roberto a su presencia.

-Hijo mío, ya no falta mucho para que hagáis los votos. ¿Creéis que estáis en condiciones de hacerlo?

-En absoluto –contestó rápida y sinceramente el novicio.

Su calma habitual impidió al maestro manifestar su enorme sorpresa ante tal respuesta. A Roberto le llamaban “el novicio modelo”. Muchos de los monjes antiguos habían asegurado que les favorecía tenerle junto a ellos. La energía que Roberto manifestaba en sus actos –desde el canto de un salmo al barrido del suelo- elevaba, efectivamente, los corazones. Lo que todos encontraban eemplar era la manera en que el muchacho se había entregado a aquella vida. Para él no existían vacilaciones ni medias tintas. Se entregaba del todo. ¡Y ahora decía que no se hallaba preparado para formular los votos!

(Tres monjes rebeldes, P. Raymond).

jueves, 25 de febrero de 2016

La Regla. Tres monjes rebeldes (VIII)


El abad Bernardo percibió en los ojos de aquel muchacho de quince años el ardor de su alma por la Caballería, y tomó la decisión de convertirlo en una verdadera hoguera, con la ayuda de Dios.

- Hijo mío, habéis de tomar la Regla como vuestra espada, vuestro escudo y vuestra cota de malla.

El rostro de Roberto se iluminó. Aquellos términos le resultaban conocidos.

- La Regla representará todo eso para vos, hijo mío, solo con que los viváis así. Creedme cuando os digo que no se trata sólo de un broquel con qué defenderse, sino de un arma de dos filos para el ataque. Vivir la Regla, hijo, y no sólo estaréis a salvo, sino que seréis santo; seréis un caballero de Dios.

(Tres monjes rebeldes, P. Raymond)

jueves, 4 de febrero de 2016

No envaines nunca esa espada. Tres monjes rebeldes (VII)


Cuando comenzaban a caer las primeras nieves de 1033, Teodorico llevó a Roberto a su presencia.

- Hijo mío, considera tu ingreso en la vida religiosa como si desenvainaras tu espada por la causa de Dios.


Y después de una breve pausa, prosiguió con tono más solemne:

- Roberto de Troyes, hijo de mi corazón, ¡no envaines jamás esa espada! En estos tiempos, la Iglesia necesita combatientes. Ahora tenemos un Papa que se llama Benedicto IX y que resulta que es… ¡un niño de doce años! La Iglesia de Dios está necesitada de santos que equilibren esa monstruosidad. ¿Me oyes? ¡Necesita santos! Tú ardías por alistarte en lo que llamas “la más noble Caballería”. ¡Pues sigue ardiendo! No nos resultes un fuego de paja. Tienes que arder firmemente. ¡Tan firmemente como el sol y las estrellas! ¡Arde, hasta que te consumas totalmente! Si te vas a entregar a Dios, entrégate por entero o no te entregues. ¡Sé santo!

Luego, con gran ternura, apoyó sus manos en los hombros de Roberto, diciéndole:

- Hijo, has de arder por Dios. ¡El Señor necesita de calor para combatir el frío que debe rodear su Corazón al ver lo que los hombres están haciendo con su Iglesia!

Ese sincero fuego paterno fue la música marcial con que Roberto partió para su noviciado.

(Tres monjes rebeldes, P. Raymond)