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sábado, 27 de junio de 2020

El pudor es intimidad y respeto


Si hubiera que poner un adjetivo a la palabra intimidad podría ser el de “valiosa”. 

Una persona sin intimidad es una persona que no tiene nada que ofrecer, es una persona que vive para el exterior: 

1º Es una persona dispersa, vacía, sin fuste, se ha perdido, se ha desparramado... 

2º Es una persona pobre, porque ya no le queda nada que ofrecer. 

“Mi secreto para mí”... “El secreto del rey cuando se descubre, se empaña”. 


El pudor obtiene como fruto que: 

3.1. Un trato adecuado con la verdad de la relación que existe con las personas. 

3.2. Mantiene el respeto en mi trato hacia los demás. 

Ordena las miradas y los gestos en conformidad con la dignidad de las personas y con la relación que existe entre ellas.

sábado, 13 de junio de 2020

La modestia, virtud admirable


    
La modestia, quizá por ser tan inusual, cuando es auténtica admira al mundo entero... El joven pudoroso tiene: 

a) Una mirada limpia, con una claridad angelical. 

b) El semblante siempre con un rostro de una serena alegría. 

c) El porte con una modestia que es un ejercicio de excelencia. 

d) Al corazón lo dota de una delicada sensibilidad. 

e) A la voluntad de una firmeza y determinación enérgica. 

“Soy fuerte porque soy puro” repetía Ricardo corazón de León. Uno es puro si es pudoroso...


sábado, 30 de mayo de 2020

La modestia, incomprensible para el mundo


La modestia es una virtud, y por tanto, una exigencia de vida. No estamos hablando de ningún “extra”, un capricho a elegir por el que se puede optar o del que se puede prescindir: NO. La modestia es un componente esencial –ESENCIAL- de la pureza, y debemos esforzarnos por cuidarla, trabajarla, vivirla, porque sin pureza no hay auténtico amor. 

No esperemos que el mundo la entienda, porque no lo hará. Comprender la moral cristiana sin aceptar a Dios, es imposible. Los cristianos, en la sociedad secularizada en la que vivimos, estamos en otra onda, como expresa el jesuita Ciszek en su libro “Caminando por valles oscuros”, cuando iba en el tren sufriendo su deportación a Siberia, en relación a los que le acompañaban: 

"Me escandalizaba su lenguaje, en el que las blasfemias eran habituales, pero aquello no era nada comparado con el abismo que separaba mi visión de la vida en general de la suya, no teníamos prácticamente nada en común, excepto tal vez el instinto humano de supervivencia. Un instinto que en ese momento provocaba en mí un leve temblor. Por lo demás, despreciaban todo lo que yo valoraba; lo que yo consideraba virtudes, para ellos no eran más que señales de debilidad; según su código moral, todo lo que para mí era pecado, ellos lo tenían por virtud. Eran ateos, materialistas, oportunistas y absolutamente faltos de escrúpulos." 


El mundo aborreció a Cristo cuando vino a la tierra, y sigue haciéndolo ahora. Como seguidores suyos, no esperemos que a nosotros nos entiendan, porque “si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero no sois del mundo. Sabed que a Mí me aborreció antes que a vosotros”.

sábado, 16 de mayo de 2020

La pureza exige el pudor


La pureza exige el pudor, nos dice el Catecismo. La pureza es parte integrante de la virtud de la templanza. El pudor preserva la intimidad de las personas. Designa el rechazo a mostrar lo que debe permanecer velado. Esta ordenado a la castidad, cuya delicadeza proclama. Ordena las miradas y los gestos en conformidad con la dignidad de las personas y con la relación que existe entre ellas. 

El pudor es modestia, inspira la elección de la vestimenta. Mantiene silencio o reserva donde se adivina el riesgo de una curiosidad malsana; se convierte en discreción. 

Existe un pudor de los sentimientos y un pudor del cuerpo. El pudor rechaza tanto los exhibicionismos del cuerpo humano como hacer pública toda confidencia íntima. El pudor inspira una manera de vivir que permite resistir a las solicitaciones de la moda y a la presión de las ideologías dominantes.

sábado, 11 de noviembre de 2017

Cuatro cosas perjudiciales para la vida espiritual


Cuatro cosas hay que son muy perjudiciales a la vida espiritual, y en las cuales se fundan ciertas máximas perversas que se infiltran en las comunidades religiosas: 

1ª la estima del talento y de cualidades puramente humanas; 

2ª el afán de ganarse amigos con miras terrenas; 

3ª una conducta demasiado naturalista que solo escucha a la humana prudencia, y un espíritu astuto muy opuesto a la simplicidad evangélica; 

4ª las distracciones superfluas que el alma busca, y las conversaciones o lecturas que solo traen al alma satisfacciones naturales.

De ahí nace la ambición, el afán de honras, el deseo de sobresalir y el buscar las propias comodidades: cosas todas muy opuestas al progreso espiritual.

(Las tres edades de la vida interior, Garrigou-Lagrange)

sábado, 28 de octubre de 2017

El pudor


Vamos a dedicar ahora algunas secciones a hablar sobre el pudor, parte esencial de la delicadeza y algo totalmente desconocido u olvidado, por desgracia, para la inmensa mayoría de los cristianos.

Comencemos definiéndolo. El pudor es como un sentimiento que avisa de un peligro, como una especie de alarma que nos avisa de que una amenaza se cierne sobre la integridad y sobre la pureza del corazón.

Un corazón sano (puro) es tan valioso que hasta la misma naturaleza lo protege, como sucede con las partes del cuerpo más importantes.

Así, el cerebro está protegido por el cráneo; la médula espinal por la columna vertebral; los ojos por los párpados, las cejas, las pestañas, etc. Pues también el corazón (la capacidad de amar) tiene su protección, que es el pudor.

sábado, 18 de marzo de 2017

La negligencia en las cosas pequeñas (II)


Como se dice en San Lucas 16, 10: “El que es fiel en las cosas pequeñas, también lo es en las grandes”. Aquel que cada día es fiel a los más pequeños deberes de la vida cristiana, o de la vida religiosa, recibirá la gracia de serlo hasta el martirio, si algún día le es preciso ofrecer a Dios el testimonio de su sangre.


 Entonces se realizaría plenamente en él la palabra del Evangelio: “Alégrate siervo bueno y fiel; porque has sido fiel en pocas cosas, yo te confiaré muchas más; entra en el gozo de tu Señor” (Mt 16, 23). Mas quien habitualmente descuida las cosas pequeñas pronto acaba por descuidar las grandes; ¿y cómo cumpliría en tal caso acciones de mayor dificultad que acaso le exigiría Dios?

(Las tres edades de la vida interior, Garrigou-Lagrange)

sábado, 25 de febrero de 2017

La negligencia en las cosas pequeñas (I)


Tal negligencia parece cosa baladí en sí misma, mas puede ser grave por sus consecuencias. Ordinariamente los pequeños actos de virtud que realizamos desde la mañana hasta la noche son los que hacen nuestros méritos de cada día. Como una gota de agua ablanda, poco a poco, la piedra y la agujerea; como las gotas de agua, multiplicadas, fecundan la tierra sedienta, así nuestras buenas obras, repetidas, crean el buen hábito, la virtud adquirida, y la conservan y aumentan, y si proceden de una virtud infusa o sobrenatural, consiguen que esta virtud vaya en aumento.


En lo que al servicio de Dios atañe, las cosas que en sí parecen pequeñas son grandes por su relación con el fin último, Dios, a quien se debe amar sobre todas las cosas; también son grandes por el espíritu de fe, confianza y amor con que deberíamos realizadas. Así guardaríamos desde la mañana hasta la noche la presencia de Dios, cosa infinitamente preciosa, y viviríamos de él, de su espíritu, en lugar de vivir del espíritu natural y el egoísmo. Poco a poco se acrecentaría en nosotros el celo de la gloria de Dios y de la salud de las almas; mientras que si descuidáramos aquellas cosas menudas, comenzaríamos a descender por la pendiente del naturalismo práctico, y a dejarnos dominar por el absurdo egoísmo que inspira muchos de nuestros actos. 

La negligencia en las cosas pequeñas, cuando se trata de servir a Dios, conduce rápidamente a la negligencia en las grandes; por ejemplo, a un alma sacerdotal o religiosa la lleva a rezar el Oficio sin piedad, a no prepararse apenas a la Santa Misa, a decirla precipitadamente y a asistir a ella sin la atención que fuera de desear; a reemplazar la acción de gracias por el rezo obligatorio de una parte del Oficio, de suerte que poco a poco desaparece la devoción personal, quedando solo esa otra en cierto modo oficial y exterior. Puedo uno llegar a hacer todo estéril, por la negligencia en las cosas menudas en aquello que atañe al servicio de Dios.

(Las tres edades de la vida interior, Garrigou-Lagrange)

sábado, 28 de enero de 2017

Avisos para conservar la castidad (III). San Francisco de Sales


A este propósito, te repito las palabras que el antiguo padre Juan Casiano refiere como salidas de labios del gran San Basilio, el cual, hablando de sí mismo, dijo un día: «Yo no sé lo que son las mujeres y, no obstante, no soy virgen». Ciertamente, la castidad puede perderse de tantas maneras cuantas son las clases de lascivias y de impurezas, las cuales, según sean grandes o pequeñas, unas debilitan, otras hieren y otras dan muerte al instante. Hay ciertas familiaridades y pasiones indiscretas, frívolas y sensuales, las cuales, propiamente hablando, no violan la castidad y, no obstante, la debilitan, la enflaquecen y empañan su hermosa blancura. Hay otras libertades y pasiones, no sólo indiscretas, sino viciosas; no sólo frívolas, sino deshonestas; no sólo sensuales, sino carnales, y de éstas, la castidad sale, a lo menos, malparada y comprometida. Digo «a lo menos», porque muere y sucumbe del todo, cuando las ligerezas y la lascivia producen en la carne el último efecto del placer voluptuoso, pues entonces la castidad sucumbe más indigna, vi¡ y desgraciadamente que cuando perece por la fornicación, el adulterio o el incesto, porque estas últimas especies de vileza son tan sólo pecado, mientras que las demás, como dice Tertuliano en su libro De pudicitia, son monstruos de iniquidad y de pecado. Ahora bien, Casiano no cree, ni yo tampoco, que San Basilio se refiera a un tal desorden, cuando se acusa de no ser virgen, porque, sin duda, se refiere tan sólo a los malos y voluptuosos pensamientos, los cuales, aunque no hubiesen maculado su cuerpo, podían, no obstante, haber contaminado el corazón, de cuya castidad las almas santas son en extremo celosas.


No trates, en manera alguna, con personas impúdicas, sobre todo si, además, son desvergonzadas, como suelen serlo casi siempre; porque así como los machos cabríos, al lamer los almendros dulces, los convierten en amargos, así también estas almas malolientes y estos corazones infectos no hablan con persona alguna, del mismo o de diferente sexo, a cuyo pudor no causen algún detrimento: tienen el veneno en los ojos y en el aliento, como el basilisco. Al contrario, trata con personas castas y virtuosas; piensa y lee con frecuencia las cosas sagradas, porque «la palabra de Dios es casta» y hace castos a los que se dan a ella, por lo que David la compara con el topacio, piedra preciosa que tiene la propiedad de adormecer el ardor de la concupiscencia. Procura estar siempre cerca de Jesucristo crucificado, espiritualmente por la meditación, y realmente por la sagrada Comunión, porque, así como los que duermen sobre la hierba llamada agnus-castus, se hacen castos y honestos, de la misma manera, si tu corazón descansa sobre Nuestro Señor, que es el verdadero Cordero casto e inmaculado, verás presto tu alma y tu corazón purificado de toda mancha y lubricidad.

(S. Francisco de Sales, Introducción a la vida devota)

sábado, 3 de diciembre de 2016

Avisos para conservar la castidad (II). San Francisco de Sales


La castidad brota del corazón como de un manantial, pero se refiere al cuerpo como a su materia; por esto se pierde por todos los sentidos del cuerpo y por los pensamientos y deseos del corazón. Es impúdico mirar, oír, hablar, oler, tocar cosas deshonestas, cuando el corazón se entretiene y se complace en ellas. 


San Pablo dice sin ambajes: «La fornicación ni siquiera se nombre entre nosotros». Las abejas no solamente no quieren tocar las cosas podridas, sino que huyen y aborrecen en extremo toda suerte de malos olores que de ellas emanan. La sagrada Esposa, en el Cantar de los Cantares, tiene las manos que destilan mirra, licor que preserva de la corrupción; sus labios están protegidos por una cinta carmesí, símbolo del pudor en las palabras; sus ojos son de paloma, a causa de su nitidez; sus orejas llevan pendientes de oro, señal de pureza; su nariz está siempre entre los cedros del Líbano, madera incorruptible. 

Tal ha de ser el alma devota: casta, pura, honesta de manos, de labios, de oídos, de ojos y de todo su cuerpo. 

(S. Francisco de Sales, Introducción a la vida devota)

sábado, 5 de noviembre de 2016

Avisos para conservar la castidad (I). San Francisco de Sales


Seas extremadamente pronta en alejarte de todos los senderos y de todos los incentivos de la impureza, porque este mal obra insensiblemente, Y, de comienzos muy insignificantes, va a parar a grandes catástrofes; siempre es más fácil huir que curarse. Los cuerpos humanos son corno los vasos de cristal, que no se pueden llevar de manera que froten los unos con los otros, sin peligro de que se rompan, y como la fruta, que, por entera y sazonada que esté, se avería, si toca la una con la otra. La misma agua, por fresca que sea dentro de un vaso, no puede conservar la frescura durante mucho tiempo, si es tocada por algún animal de la tierra. 



No permitas jamás, Filotea, que nadie te toque, ni para bromear ni para acariciarte, porque, aunque, por casualidad, se pudiera conservar la castidad en medio de estas acciones, antes ligeras que maliciosas, no obstante, la frescura y la flor de la castidad reciben de ellas detrimento y pérdida; pero dejarse tocar deshonestamente es la ruina completa de la castidad. 

(S. Francisco de Sales, Introducción a la vida devota)

viernes, 14 de octubre de 2016

Huir de las superficialidades


Por el primer grado de esta virtud, guárdate, Filotea, de admitir ninguna clase de delectación, que esté prohibida y vedada. Por el segundo grado, huye, cuanto te sea posible, de las delectaciones inútiles y superfluas, aunque sean lícitas y estén permitidas. Por el tercero, no pongas afecto en los placeres y deleites. 

Las vírgenes necesitan una castidad en extremo simple y delicada, para alejar de su corazón toda suerte de pensamientos curiosos y para despreciar, con desdén absoluto, toda clase de placeres inmundos, los cuales, ciertamente, no merecen ser deseados por los hombres, puesto que los jumentos y los cerdos son más capaces de ellos. Guárdense, pues, mucho, las almas puras, de poner jamás en duda que la castidad es incomparablemente mejor que todo cuanto le es incompatible, porque, como dice San Jerónimo, el enemigo, empuja con violencia a las vírgenes al deseo de probar las delectaciones, representándoselas como infinitamente más agradables y sabrosas de lo que son, cosa que, con frecuencia, las perturba en gran manera, porque, como añade este Santo Padre, creen que es más delicioso lo que desconocen. Porque, así como la mariposa al ver la llama, anda revoloteando curiosamente en torno de ella, para ver si es tan deliciosa como hermosa, y empujada por esta ilusión, no cesa, hasta que perece en la primera prueba, del mismo modo, los jóvenes, de tal manera se dejan cautivar por la falsa y necia afición al placer de las llamas voluptuosas, que, después de muchos pensamientos curiosos, acaban por perderse y arruinarse en ellas, y, en esto, son más necios que las mariposas, puesto que éstas tienen algún motivo para creer que el fuego es delicioso, porque es tan bello, mientras que ellos, sabiendo que lo que buscan es extremadamente deshonesto, no por ello dejan de tener en más estima la loca y brutal delectación. 


Ves, pues, que la castidad es necesaria. «Procurad la paz con todos, dice el Apóstol, y la santidad, sin la cual nadie verá a Dios». Ahora bien, por la santidad entiende la castidad, como dice San Jerónimo y hace notar San Crisóstomo. No, Filotea, «nadie verá a Dios sin la castidad, nadie habitará en su santo tabernáculo, si, no es limpio de corazón»; y, como dice el mismo Salvador, «los perros y los impúdicos serán ahuyentados», y «bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios».

(S. Francisco de Sales, Introducción a la vida devota)

viernes, 1 de julio de 2016

Delicadeza en la Confesión (II)


Poco dolor tiene de sus culpas, o ninguno, el que aun para decirlas y declararlas a su confesor no tiene virtud: esa vergüenza y afrenta ha de ofrecer uno en recompensa y satisfacción de la culpa que ha cometido, para aplacar con eso a Dios nuestro Señor. 


Solo el sentir repugnancia y dificultad en decir la culpa había de bastar para tenerse uno por sospechoso, y entender que conviene decirla, aunque no hubiese mas en ello que vencer esa repugnancia y mortificarse, y que no salga la carne ni el demonio con la suya.

(P. Alonso Rodríguez, Ejercicio de Perfección y virtudes cristianas)

viernes, 17 de junio de 2016

Delicadeza en la Confesión


San Buenaventura tratando de la confesión dice que se guarden todos mucho no dejen de confesar algunas cosillas vergonzosas que suelen acontecer, con decir “esto no es pecado” o a lo menos no será mortal, y los pecados veniales no estamos obligados a confesarlos; porque han entrado grandes males, y a muchos les ha sido esto principio de su perdición. Dios os libre de dar esta entrada al demonio, y de abrirle este portillo, que no ha menester más para hacer su hecho: presto, juntándose la vergüenza con la vileza de la cosa, os hará creer que no fue pecado lo que era, o a lo menos había duda si lo era, y que lo dejéis y confesor y en gente que ha sido buena, y que no suele tener pecados.


Otras veces no se calla la culpa del todo, pero se dice tan diminutamente y por tales términos y rodeos, que casi no se entiende, o a lo menos no parece tan grave, que es como si no se dijese; porque lo que se confiesa se ha de confesar claramente; de manera que el confesor entienda la gravedad del pecado: y si uno confiesa alguna cosa de manera que no parezca pecado, o de manera que no se entienda la gravedad y circunstancia necesaria, es como si del todo la dejase de confesar. Ciégales y engáñales la vergüenza, o por mejor decir la soberbia, para que no se declaren del todo.

(P. Alonso Rodríguez, Ejercicio de Perfección y virtudes cristianas)

martes, 24 de mayo de 2016

Medios para guardar la castidad (II): Es menester cuidar las cosas pequeñas


Cuánto esta virtud de la castidad es más cara y preciosa, tanto es menester mayor cuidado y diligencia para conservarla. En todas las cosas importa mucho hacer caso de cosas pequeñas y menudas, porque como dice el Sabio, “el que menosprecia las cosas pequeñas, poco a poco vendrá a caer en las grandes”; pero especialmente en esta virtud es esto más necesario; porque cualquier cosa por pequeña que sea desdora mucho la castidad.

Por lo cual es menester que andemos con mucho recato, mortificando los sentidos y cortando y atajando luego el mal pensamiento, y huyendo la ocasión; porque así como la llama deja rastro de sí, donde quiera que toca, más o menos según se detiene, y si no quemó, a lo menos tiznó; así estas cosas, si no llegan a quemar, bastan para tiznar; porque despiertan en el alma imaginaciones y pensamientos contrarios a la castidad, y en el cuerpo movimientos feos y desordenados.

No se puede decir en materia de castidad “hasta aquí llegaré y no pasaré adelante”, porque cuando menos os recatéis, pasaréis a donde nunca pensasteis. Quien se echa por un resbaladero piensa llegar solamente al puesto; y el peso del cuerpo y ser la piedra tan deleznable, le hace ir adelante, aunque no tuvo tal intención al principio: así es acá, es este gran resbaladero; y el peso e inclinación de nuestra carne a eso muy grande. No permite la delicadeza de esta virtud que nos acerquemos tanto al daño, y nos pongamos en esos peligros. Es este un tesoro preciosísimo, y tenémosle depositado en un vaso terrizo, que a un tris no tenemos nada; y así es menester andar con mucha solicitud y diligencia, atajando por todas vías los pasos a todo movimiento desordenado, por donde esta pasión pueda venir a señorearse de nuestro corazón.

(P. Alonso Rodríguez, Ejercicio de Perfección y virtudes cristianas)

sábado, 21 de mayo de 2016

Medios para guardar la castidad (I): La guarda de los sentidos


Para llegar a la pureza de los ángeles, es necesario trabajar con todas nuestras fuerzas, ejercitándonos en el ejercicio de todas las virtudes, y particularmente en la mortificación; porque aunque esto ha de ser don de Dios y ninguna diligencia humana baste para ello, quiere el Señor que hagamos lo que sea de nuestra parte. 

Si queremos alcanzar la perfección y pureza de la castidad, y conservarnos en ella, es menester que tengamos mucha cuenta con guardar las puertas de nuestros sentidos, y particularmente los ojos, porque por ahí entra el mal en el corazón. Los que livianamente salen a mirar por estas ventanas de los sentidos las cosas del mundo, muchas veces son llevados de los deseos de ellas. No conviene mirar lo que no es lícito desear; porque os llevarán las cosas tras sí, si las miráis, arrebatarán y robarán vuestro corazón, y cuando menos pensaréis, os hallaréis preso y cautivo.

(P. Alonso Rodríguez, Ejercicio de Perfección y virtudes cristianas)

viernes, 29 de abril de 2016

Excelencia de la entrega del corazón al Señor: la castidad


La virginidad consagrada es una forma de amor. Dios ama de tal manera a la persona, que le hace entender en su mismo amor que la quiere sólo para Él.

El corazón humano tiene una parte indivisible, aquella que se entrega íntegramente a la persona que se ama con amor esponsal. Este amor esponsal tiene unas características especiales: es un amor total, fiel, exclusivo, fecundo, destinado a perdurar en el tiempo.

Sabemos muy bien a qué tipo de amor nos referimos. Cuando una chica escucha decir a su novio que le quiere solo a ella, es consciente de que ese chico también quiere a otras mujeres: quiere a su madre, a su hermana… Sin embargo, no hay problema en ello, ya que son amores compatibles. Ahora bien, la chica si espera que esta parte indivisible del corazón le pertenezca exclusivamente para ella, pues es muy consciente de que ese amor solo se puede destinar a una persona. Extrapolando la situación, entendemos que la persona que se consagra a Dios entrega esta parte esponsal del corazón solo a Él.

Grave error sería pensar que la virginidad es un vacío, una renuncia al amor. Así como en el orden del amor humano el matrimonio no es una renuncia aunque lleve consigo el rechazo de otros afectos, de una manera parecida en la virginidad consagrada es una gran amor, es el amor esponsal de Dios al alma y de la persona al Señor. Se trata de una forma de amar de Dios que no es el simple amor de caridad, sino un amor mucho más profundo: Dios ama de tal manera que suscita en el corazón esa entrega indivisible a Él, la entrega de lo indivisible del corazón.

Cuando este amor se establece lleva consigo el corazón entero y en consecuencia, el renunciar a otros afectos que han brotado o pueden brotar. No pensemos jamás que el alma consagrada se queda con el corazón vacío, porque este se encuentra rebosante del amor más grande que criatura humana alguna puede jamás igualar: el amor esponsal de Dios.

lunes, 14 de marzo de 2016

Sección Delicadeza. Introducción,


Empezamos una nueva sección, que como su nombre indica pretende dar algunas pautas prácticas para fomentar la delicadeza que un alma consagrada debe tener con el Señor.


La flor de la delicadeza solo crece en los huertos del amor. El amor es así; capaz de los actos más heroicos y, al mismo tiempo, de las más ingenuas delicadezas. Cuanto más profundiza el amor en un corazón, más delicado lo vuelve; llega a estar todo él impregnado de suavidad y dulzura, y las obras que brotan del mismo son también dulces y exquisitas. El exterior es siempre indicador seguro del interior.

De cuando en cuando encontramos almas que son todo atención y exquisito miramiento con las personas y las cosas, en sus obras y en sus palabras. Tales almas ocultan un secreto: aman.


Fuente:

Íntimas.