martes, 2 de diciembre de 2014

“El sacerdocio es el amor del corazón de Cristo” (Sto. Cura de Ars)


El sacerdote es otro Cristo, es dispensador de los misterios divinos, es decir, de la gracia. Pero, ¿sabemos realmente qué significa esto?

Todo comenzó hace mucho, mucho tiempo… La Santísima Trinidad desde toda la eternidad planeó, en su estrecha relación de vida y amor, comunicar a los hombres, hacerles participar de su vida íntima, de su misma vida divina.

Dice San Ireneo que “Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios”, porque la unión que ha destinado Dios para el alma, ya en cierto modo en esta vida, y sobre todo en el cielo, es una unión tan fuerte y estrecha con él, que dice San Juan de la Cruz, que del mismo modo que en la fragua, el hierro adquiere las propiedades del fuego sin dejar de ser fuego, así el alma, en el grado que se deja amar por Dios, en ese grado participa de su misma vida.

La gracia nos hace verdadera y realmente hijos adoptivos de Dios… pero ¡importante!, no entendamos hijo adoptivo al modo humano. Cuando una familia adopta a niño firma unos papeles, y aunque a ese niño le traten como si de verdad lo fuera, nunca jamás llegará a ser verdaderamente hijo de esos padres, no tendrá en su venas la sangre de sus padres. Sin embargo, la adopción filial que hace Dios con nosotros, es una adopción real y verdadera, no por naturaleza (solo Jesús es hijo por naturaleza), si no por la gracia… desde el bautismo nos convertimos en verdaderos ¡hijos de Dios!, es algo tan bello, que hace exclamar al apóstol: “Mirad qué amor más grande nos ha tenido Dios, que nos llama hijos suyos, ¡Y realmente lo somos!”. Desde que somos bautizados la misma sangre divina corre por nuestras venas, hemos sido injertados al árbol de la Trinidad y su savia nutre nuestras ramas… Esa fue la misión del Hijo de Dios, morir en la cruz para hacernos partícipes de su misma vida divina.




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