lunes, 27 de febrero de 2017


"La profesión religiosa es la donación sin reservas y de todo el ser humano y de toda la vida al servicio de Dios."

(Santa Teresa Benedicta de la Cruz)

domingo, 26 de febrero de 2017

Jesús hace germinar la semilla. Empujados por el Espíritu para la misión (V). Papa Francisco


Jesús hace germinar la semilla. Por último, es importante aprender del Evangelio el estilo del anuncio. Muchas veces sucede que, también con la mejor intención, se acabe cediendo a un cierto afán de poder, al proselitismo o al fanatismo intolerante. Sin embargo, el Evangelio nos invita a rechazar la idolatría del éxito y del poder, la preocupación excesiva por las estructuras, y una cierta ansia que responde más a un espíritu de conquista que de servicio. La semilla del Reino, aunque pequeña, invisible y tal vez insignificante, crece silenciosamente gracias a la obra incesante de Dios: «El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo» (Mc 4,26-27). Esta es nuestra principal confianza: Dios supera nuestras expectativas y nos sorprende con su generosidad, haciendo germinar los frutos de nuestro trabajo más allá de lo que se puede esperar de la eficiencia humana.


Con esta confianza evangélica, nos abrimos a la acción silenciosa del Espíritu, que es el fundamento de la misión. Nunca podrá haber pastoral vocacional, ni misión cristiana, sin la oración asidua y contemplativa. En este sentido, es necesario alimentar la vida cristiana con la escucha de la Palabra de Dios y, sobre todo, cuidar la relación personal con el Señor en la adoración eucarística, «lugar» privilegiado del encuentro con Dios.

Animo con fuerza a vivir esta profunda amistad con el Señor, sobre todo para implorar de Dios nuevas vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. El Pueblo de Dios necesita ser guiado por pastores que gasten su vida al servicio del Evangelio. Por eso, pido a las comunidades parroquiales, a las asociaciones y a los numerosos grupos de oración presentes en la Iglesia que, frente a la tentación del desánimo, sigan pidiendo al Señor que mande obreros a su mies y nos dé sacerdotes enamorados del Evangelio, que sepan hacerse prójimos de los hermanos y ser, así, signo vivo del amor misericordioso de Dios.

(Mensaje del Santo Padre Francisco para la 54 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, Diciembre 2016)

sábado, 25 de febrero de 2017

La negligencia en las cosas pequeñas (I)


Tal negligencia parece cosa baladí en sí misma, mas puede ser grave por sus consecuencias. Ordinariamente los pequeños actos de virtud que realizamos desde la mañana hasta la noche son los que hacen nuestros méritos de cada día. Como una gota de agua ablanda, poco a poco, la piedra y la agujerea; como las gotas de agua, multiplicadas, fecundan la tierra sedienta, así nuestras buenas obras, repetidas, crean el buen hábito, la virtud adquirida, y la conservan y aumentan, y si proceden de una virtud infusa o sobrenatural, consiguen que esta virtud vaya en aumento.


En lo que al servicio de Dios atañe, las cosas que en sí parecen pequeñas son grandes por su relación con el fin último, Dios, a quien se debe amar sobre todas las cosas; también son grandes por el espíritu de fe, confianza y amor con que deberíamos realizadas. Así guardaríamos desde la mañana hasta la noche la presencia de Dios, cosa infinitamente preciosa, y viviríamos de él, de su espíritu, en lugar de vivir del espíritu natural y el egoísmo. Poco a poco se acrecentaría en nosotros el celo de la gloria de Dios y de la salud de las almas; mientras que si descuidáramos aquellas cosas menudas, comenzaríamos a descender por la pendiente del naturalismo práctico, y a dejarnos dominar por el absurdo egoísmo que inspira muchos de nuestros actos. 

La negligencia en las cosas pequeñas, cuando se trata de servir a Dios, conduce rápidamente a la negligencia en las grandes; por ejemplo, a un alma sacerdotal o religiosa la lleva a rezar el Oficio sin piedad, a no prepararse apenas a la Santa Misa, a decirla precipitadamente y a asistir a ella sin la atención que fuera de desear; a reemplazar la acción de gracias por el rezo obligatorio de una parte del Oficio, de suerte que poco a poco desaparece la devoción personal, quedando solo esa otra en cierto modo oficial y exterior. Puedo uno llegar a hacer todo estéril, por la negligencia en las cosas menudas en aquello que atañe al servicio de Dios.

(Las tres edades de la vida interior, Garrigou-Lagrange)

viernes, 24 de febrero de 2017

No esperar de los hombres recompensa alguna


Un día, cuenta el Rdo. Alfredo Monnin, le pregunté si sus penas le habían hecho perder alguna vez la paz: “¡La cruz –dijo con celestial expresión- la cruz ha de hacernos perder la paz!... Si precisamente es ella la que ha de infundirla en nuestros corazones. Todos nuestros males provienen de que no la amamos”.


A esta fe inquebrantable debió el Cura de Ars no solo el no haber sucumbido ni el haberse desalentado, sino también el haber realizado obras que otros sacerdotes humanamente mejor dotados que él, pero menos sobrenaturales, no se hubieran atrevido a emprender. Demostrando con los hechos qué grandeza moral –y qué méritos- pueden derivarse de las humillaciones terrenas, continuó trabajando únicamente por Dios, sin esperar de los hombres recompensa alguna. “Cuando se hacen las cosas sin placer y sin gusto –decía- se trabaja mucho más por Dios. Es posbile que me saquen de aquí; entretanto procedo como si hubiese de estar siempre”.

(El Santo Cura de Ars, Arcaduz)

jueves, 23 de febrero de 2017

Lo que pudisteis haber sido…


- Vos deberíais suspirar por lo que pudisteis haber sido. En Citeaux solo veo el entierro de vuestro talento, me pregunto qué dirá el Amo de la casa cuando os ajuste las cuentas.

Esteban sonrío:

- Habláis lo mismo que un duendecillo que solía visitarme a diario durante mis primeros días de estancia aquí. A diario me decía eso que vos decís ahora, Pedro. Os aseguro que citaba las Escrituras con asombrosa exactitud y llegaba a asustarme con la parábola de los talentos. ¿Sabéis cómo se llamaba ese duendecillo?

- No.

- Satanás –dijo Estaban con una carcajada-. Debo deciros, Pedro, que me probó muchas veces con esa misma tentación, encubierta con palabras idénticas a las que acabáis de pronunciar.


- ¡Ay, Esteban…! ¡El mundo se está riendo de vos!

- ¡No sabéis cuánto me alegra divertirle! –repuso el abad en tono ligero- Sé de otro Hombre que de quien el mundo se burló hasta el desprecio y precisamente después de realizar un milagro. Tal vez sepáis de Quien hablo…

(Tres monjes rebeldes, P. Raymond).

miércoles, 22 de febrero de 2017

Angustia. Santo Cura de Ars (XXXVI)


Las injurias de los hombres no fueron las únicas pruebas que el señor Vianney hubo de soportar durante los primeros años de su vida apostólica. Mientras que por de fuera le asediaba la malquerencia, en su interior sufría angustias de otra especie.

A pesar de su gran fe en la Providencia, la vista de lo que él llamaba su profunda miseria y las obligaciones de su cargo le inspiraban un gran temor de los juicios divinos… Llegó al punto de sentir como tentaciones de desesperación.

“¡Dios mío! –exclamaba entre gemidos-, haced que sufra cuanto os plugiere, pero concededme la gracia de que no caiga en el infierno!”. Y pasaba del temor a la esperanza y de la esperanza al temor.

Vióse en aquellas terribles situaciones de espíritu “en las que el alma no recibe consolación ni de las cosas de la tierra, a las que no tiene apego, ni de las cosas del cielo, donde no vive todavía”; esas horas de cruz, en las que se cree “abandonada de Dios totalmente y para siempre”. Era entonces sobre todo cuando deseaba huir e irse a cualquier soledad “a llorar su pobre vida”.


En verdad que la cruz que llevaba era muy dura. Mas después que comenzó a amarla, ¡cuán ligera le pareció!

“Sufrir amando –decía- no es sufrir… Huir de la cruz, por el contrario, es querer ser aplastado… Hemos de pedir el amor a las cruces; entonces es cuando son dulces. Yo lo he probado durante cuatro o cinco años; he sido muy calumniado y objeto de contradicción. ¡Ah! Llevaba cruces, tal vez más de las que podía. Entonces pedí el amor a la cruz y fui dichoso; ahora me digo: verdaderamente no hay felicidad sino en eso”.

De esta manera, aunque las más furiosas tempestades hubiesen asaltado su alma, no hubieran podido llegar a aquella cumbre, morada de la confianza y de la paz.

(El Santo Cura de Ars, Arcaduz)

domingo, 19 de febrero de 2017

El único posible cumplimiento adecuado del anhelo femenino


Probemos ahora cómo la vida religiosa se encuentra en conformidad con la especificidad femenina. 
El motivo, principio y fin de la vida religiosa está en el entregarse a Dios sin límite alguno y en el olvido de sí mismo, en el no contar con la propia vida a fin de darse espacio para la vida de Dios. Cuanto más plenamente se realiza esto, tanto más rica y divina vida siente el alma. Pero la vida divina es amor sobreabundante, sin indigencia, regalado libremente, inclinado misericordiosamente a toda realidad menesterosa, amor que sana lo enfermo y vuelve a la vida a lo muerto, amor que protege y cuida, que alimenta, enseña y educa, amor que con los tristes se entristece y con los alegres se alegra, que para todo ser es servicial, a fin de que llegue a ser aquello para lo que el Padre le ha creado; en una palabra, amor del corazón divino. Entregarse amando así, llegar a ser totalmente propiedad del otro y poseer totalmente a ese otro, todo eso constituye el deseo profundo del corazón femenino.

Cuando esta entrega ocurre frente a un ser humano, es un sacrificio de sí desencaminado, una esclavización y a la vez una aspiración injustificada que ningún ser humano puede llevar a cabo. Solo Dios puede aceptar en su totalidad la entrega de un ser humano, y aceptarla de tal manera que el ser humano no pierda su alma, sino que la gane. Y solo Dios puede regalarse a sí mismo a un ser humano de tal modo que llene todo su ser, sin perder nada de sí a la vez. Por ello es la donación absoluta de sí, el principio de la vida religiosa, y a la vez el único posible cumplimiento adecuado del anhelo femenino.

(Santa Teresa Benedicta de la Cruz)