viernes, 2 de octubre de 2015

Un viajar moribundo. P. Segundo Llorente (VII)

        Continuamos viajando en dirección a Hooper Bay, donde nos esperaba el Padre Fox.

         Caminamos a la buena de Dios, sin otras señales que un cielo plomizo y un vendaval fatídico en unas llanuras de pampas sin fin, sin un altozano, sin una peña, sin una yerba, sin nada que se alce un milímetro de este suelo que fue un día el fondo plano de la mar.

         Aquello era para volverse loco. El espíritu estaba pronto a cualquier sacrificio, pero con una carne flaca, hambrienta, fatigada, rendida, exhausta y a punto de desplomarse, el espíritu enflaquece también y todo el compuesto de cuerpo y alma forma una figura triste y quijotesca que lo mismo le puede hacer a uno reír que llorar.

         Protesté a Jaime, guía que me acompañaba, para hacer alto, pero él se apostaba la cabeza a que dentro de una hora se vería la luz del amanecer enfrente de nosotros un poco a la izquierda.

         Como al cabo de varios siglos no había tal luz ni enfrente ni por ninguno de los cuatro lados, y como yo me estaba suicidando con aquel caminar violento fuera de todo juicio y razón, y como el acampar allí pudiera resultar fatal, confieso que comencé a temer seriamente por mi vida.

         Una cosa deseaba por encima de todo: vivir lo suficiente para escribir un artículo en el que diría a los que aspiran a misiones que la evangelización de infieles está resumida en aquellas palabras de San Pablo, prototipo de misioneros: Quotidie morior (vivo agonizando), que es una vida a dos pasos de la muerte; y que hay que almacenar toda la santidad de que sea capaz esta pobrecilla alma que llevamos en las carnes.


(P. Segundo Llorente, 40 años en el Círculo Polar)

martes, 29 de septiembre de 2015

El movimiento se demuestra andando...

Es de personas virtuosas no enfadarse ni contestar a personas que nos ofenden con otra ofensa. San Isidoro en sus libros de las sentencias dice: “Dais prueba de una gran virtud, sino respondéis a una ofensa con otra ofensa: manifestáis una gran fuerza de alma si perdonáis al ser ofendidos, y adquirís una gran gloria si perdonáis a un enemigo a quien pudierais dañar”.

Declaración de su voluntad a su padre. Santa Teresa de Jesús (X)

Dramática declaración. Alfonso Sánchez nunca pudo prever que aquella hija suya, que sólo le preocupaba por su excesiva afición al mundo, quisiera ahora dejarle: “Lo más que se pudo acabar con él fue que, después de muerto él, haría lo que quisiese”.

         Teresa hizo intervenir a amigos y parientes, pero ninguno logró convencerle. El que se había comprometido por contrato a entregar anualmente varias fanegas de trigo a los pobres se resistía a entregar a Dios a su hija preferida; su piedad no llegaba a la renuncia, su generosidad no cedía más que lo superfluo.

         Teresa, por su parte, se preguntaba si sería capaz de mantener su decisión de una manera inquebrantable: “Me temía a mí y a mi flaqueza”. ¿Y el cielo? ¿Y el infierno?... Para volver su pensamiento a Dios tenía que retorcerse y forzarse. Ahora sabía, gracias a su experiencia en Nuestra Señora de Gracia, que una vez estuviera en el convento no lo lamentaría: lejos de las ocasiones, llevaría a cabo con rigor y método el lento trabajo de su transformación interior. Allí, nada la distraería de Dios. Ardía, pues, en deseos de comenzar.


(La Vida de Santa Teresa de Jesús, Arcaduz).       

lunes, 28 de septiembre de 2015

Correspondencia

“Creo que para que mis cartas hagan provecho, es necesario que vayan escritas por obediencia, y que sienta yo más bien repugnancia que placer en escribirlas. Me parece que no se puede hacer bien alguno buscándose una a sí misma.”

(Santa Teresita del Niño Jesús. Manuscrito dirigido a la Madre María Gonzaga).


domingo, 27 de septiembre de 2015

Palabras improvisadas (II). Visita Pastoral del Papa Francisco a Nápoles (II).

Veo aquí a los seminaristas. Os digo una cosa: si vosotros no tenéis a Jesús en el centro, postergad la ordenación. Si no estáis seguros de que Jesús es el centro de vuestra vida, esperad un poco más de tiempo, para estar seguros. Porque, de lo contrario, comenzaréis un camino que no sabéis cómo acabará.

Este es el primer testimonio: que se vea que Jesús es el centro. El centro no son ni las habladurías ni la ambición de ocupar este puesto o aquel otro ni el dinero —del dinero quiero hablar después—, sino que el centro debe ser Jesús. ¿Cómo puedo estar seguro de caminar siempre con Jesús? Está su Madre que nos conduce a Él. Un sacerdote, un religioso, una religiosa que no ama a la Virgen, que no reza a la Virgen, diría también que no reza el rosario... si no quiere a la Madre, la Madre no le dará al Hijo.

El cardenal me regaló un libro de san Alfonso María de Ligorio, no sé si «Las Glorias de María»... De este libro me gusta leer las historias de la Virgen que están al final de cada uno de los capítulos: en ellos se ve cómo la Virgen nos conduce siempre a Jesús. Ella es Madre, el centro del ser de la Virgen es ser Madre, conducir a Jesús. Y el padre Rupnik, que pinta y hace mosaicos muy bonitos y muy artísticos, me regaló un icono de la Virgen con Jesús delante. Jesús y las manos de la Virgen están ubicadas de tal modo que Jesús baja y con la mano toma el manto de la Virgen para no caer. Es ella quien hizo descender a Jesús entre nosotros; es ella quien nos da a Jesús. Dar testimonio de Jesús, y para ir tras Jesús una buena ayuda es la Madre: es ella quien nos da a Jesús. Este es uno de los testimonios.


(Encuentro con el clero, los religiosos y los diáconos permanentes en la Catedral, Visita Pastoral del Santo Padre Francisco a Pompeya y Nápoles. Sábado 21 de Marzo de 2015)

viernes, 25 de septiembre de 2015

Lucha interior. Santa Teresa de Jesús (IX)

La decisión de vencerse estaba tomada, pero la lucha interior no cesaba. Teresa argumentaba consigo misma: “que los trabajos y pena de ser monja no podían ser mayor que la del purgatorio, y que yo había bien merecido el infierno; que no era mucho estar lo que viviese como en el purgatorio, y que después me iría derecha al cielo, que éste era mi deseo”. Pero al mismo tiempo, “poníame el demonio que no podría sufrir los trabajos de la Religión, por ser tan regalada”… “A esto me defendía con los trabajos que pasó Cristo, porque no era mucho yo pasase algunos por Él; que Él me ayudaría a llevarlos”. “Pasé hartas tentaciones estos días… más me parece me movía un temor servil que amor”.
         Por fin decidió declarar a su padre su voluntad de entrar en religión; algo que para ella era tan decisivo como tomar el hábito, “porque era tan honrosa que me parece que no tornara atrás por ninguna manera, habiéndolo dicho una vez”. Así fue como el puntillo de honra dio a Teresa de Ahumada la fuerza que no lograba encontrar aún en el amor de Dios.

(La Vida de Santa Teresa de Jesús, Arcaduz).