domingo, 2 de noviembre de 2014

Vocación de Samuel


El joven Samuel servía al Señor en la presencia de Elí. La palabra del Señor era rara en aquellos días, y la visión no era frecuente. Un día, Elí estaba acostado en su habitación. Sus ojos comenzaban a debilitarse y no podía ver. La lámpara de Dios aún no se había apagado, y Samuel estaba acostado en el Templo del Señor, donde se encontraba el Arca de Dios. El Señor llamó a Samuel, y él respondió: «Aquí estoy». Samuel fue corriendo adonde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy, porque me has llamado». Pero Elí le dijo: «Yo no te llamé; vuelve a acostarte». Y él se fue a acostar. El Señor llamó a Samuel una vez más. El se levantó, fue adonde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy, porque me has llamado». Elí le respondió: «Yo no te llamé, hijo mío; vuelve a acostarte». Samuel aún no conocía al Señor, y la palabra del Señor todavía no le había sido revelada. El Señor llamó a Samuel por tercera vez. El se levantó, fue adonde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy, porque me has llamado». Entonces Elí comprendió que era el Señor el que llamaba al joven,  y dijo a Samuel: «Ve a acostarte, y si alguien te llama, tú dirás: Habla, Señor, porque tu servidor escucha». Y Samuel fue a acostarse en su sitio. Entonces vino el Señor, se detuvo, y llamó como las otras veces: « ¡Samuel, Samuel!». El respondió: «Habla, porque tu servidor escucha”.
(I Sam. 3, 1-10)





“Reflexionemos, pues, juntos a la luz de la fe. Nuestra vida es un don de Dios. Debemos hacer algo bueno. Hay muchas maneras de gastar bien la vida, poniéndola al servicio de ideales humanos y cristianos. Si hoy os hablo de consagración total a Dios es porque Cristo  llama a muchos de entre vosotros a esta extraordinaria aventura. Él necesita, quiere tener necesidad de vuestras personas, de vuestra inteligencia, de vuestras energías, de vuestra fe, de vuestro amor y de vuestra santidad. Encontraréis dificultades. ¿Creéis quizá que no las conozco? Os digo que el amor vence cualquier dificultad. La verdadera respuesta a cada vocación es obra de amor. La respuesta a la vocación sacerdotal, religiosa, misionera, puede surgir solamente de un  profundo amor a Cristo. Esta fuerza de amor os la ofrece Él mismo, como don que se añade al don de su llamada y hace posible vuestra respuesta. Tened confianza en "Aquél que es poderoso para hacer que copiosamente abundemos más de lo que pedimos o pensamos" (Ef 3,20). Y, si podéis, dad vuestra vida con alegría, sin miedo, a Él, que antes dio la suya por vosotros.” 


(San Juan Pablo II)


sábado, 1 de noviembre de 2014

He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra


Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.» Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.» María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» El ángel le respondió: «El    Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios.» Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y el ángel, dejándola, se fue.”                

 (Lc 1, 16-38)



jueves, 30 de octubre de 2014

Santa Teresa de Jesús (II)


Por fin decidió declarar a su padre su voluntad de entrar en religión. Dramática declaración. Alfonso Sánchez nunca pudo prever que aquella hija suya, que sólo le preocupaba por su excesiva afición al mundo, quisiera ahora dejarle: “Lo más que se pudo acabar con él fue que, después de muerto él, haría lo que quisiese”.
          Teresa hizo intervenir a amigos y parientes, pero ninguno logró convencerle. El que se había comprometido por contrato a entregar anualmente varias fanegas de trigo a los pobres se resistía a entregar a Dios a su hija preferida; su piedad no llegaba a la renuncia, su generosidad no cedía más que lo superfluo.
          Teresa, por su parte, se preguntaba si sería capaz de mantener su decisión de una manera inquebrantable: “Me temía a mí y a mi flaqueza”.
          Una de las mañanas de Octubre de 1535, cuando la tenue aurora rozaba las cimas de los árboles del jardín familiar, salió de su alcoba sin consentirse mirar atrás, caminando con paso de lobo y deteniendo la respiración delante de los dormitorios donde su padre y sus hermanos  dormían aún. Antonio, su hermano de 15 años, le ayudó a correr sigilosamente los cerrojos de la pesada puerta de entrada, a  abrirla, y luego a sujetarla para que ella se cerrase sin ruido sobre todo lo que dejaban detrás de ella. Era para siempre, y Teresa lo notaba por su desgarramiento.
          “Acuérdaseme, a todo mi parecer, y con verdad, que cuando salí de casa de mi padre, no creo será más el sentimiento cuando me muera; porque me parece cada hueso se me apartaba por sí, que, como no había amor de Dios que quitarse el amor de padre y parientes, era todo haciéndome una fuerza tan grande, que si el Señor no me ayudara, no bastaran mis consideraciones para ir adelante. Aquí me dio ánimo contra mí, de manera que lo puse por obra”.

          Y así fue como Doña Teresa de Ahumada y Cepeda se entregó a su celestial Esposo en un matrimonio de conveniencia.


Una sola cosa es necesaria



"Una sola cosa es necesaria, María ha escogido la mejor parte, y no se la quitarán." (Lc, 10, 38-42).
      La vida del alma que aspira a la santidad debe ser vida de oración.               El alma que no ama la oración es difícil, moralmente imposible, que sea buena.
      Si vemos un alma tibia, decid: esta alma hace mal la oración, y diréis toda la verdad.
    El gran empeño del demonio es cuanto a las almas que aspiran a la santidad, es hacerles perder la oración: si lo vence en eso, lo vencerá en todo.
      Decía San Felipe Neri: "Un religioso sin oración es un religioso sin cabeza".

      Un religioso sin oración ya no es un religioso, sino un cadáver de religioso.


martes, 28 de octubre de 2014

Santa Teresa de Jesús (I)


“Que no era todo nada, y la vanidad del mundo, y cómo acababa en breve, y a temer, si me hubiera muerto, cómo me iba al infierno; y aunque no acababa mi voluntad de inclinarse a ser monja, vi que era el mejor y más seguro estado, y así poco a poco me determiné a forzarme para tomarle”.
Vivió en Nuestra Señora de Gracia año y medio de lucha interior: “el espíritu le pedía ser monja y el sentido le apartaba de ello… y aun peleaban en su pecho como en estacada o pelea”.

         La decisión de vencerse estaba tomada, pero la lucha interior no cesaba. Teresa argumentaba consigo misma: “que los trabajos y pena de ser monja no podían ser mayor que la del purgatorio, y que yo había bien merecido el infierno; que no era mucho estar lo que viviese como en el purgatorio, y que después me iría derecha al cielo, que éste era mi deseo”. Pero al mismo tiempo, “poníame el demonio que no podría sufrir los trabajos de la Religión, por ser tan regalada”… “A esto me defendía con los trabajos que pasó Cristo, porque no era mucho yo pasase algunos por Él; que Él me ayudaría a llevarlos”. “Pasé hartas tentaciones estos días… más me parece me movía un temor servil que amor”.




El camino lo tiene que elegir el Señor



           Tú no tienes que elegir ningún camino, el camino lo tiene que elegir el Señor” (Papa Francisco).
        
         Toda nuestra perfección está cifrada en amar a nuestro amabilísimo Dios, según aquello de San Pablo: Tened caridad, que es vínculo de perfección (Col., III, 14). Pero toda la perfección del amor está fundada en conformar nuestra voluntad con la voluntad de Dios.

         Por consiguiente, tanto más amará el alma a Dios cuanto más unida esté con su divina voluntad. Verdad, es que agradan al Señor las mortificaciones, las meditaciones, las comunicaciones, las obras de caridad que ejercitamos con el prójimo; pero solamente cuando están conformes con su voluntad santísima; de lo contrario, lejos de ser de su agrado, las detesta .

         El hombre que quiere obrar por propio antojo, con independencia de Dios, comete una especie de idolatría, porque en este caso, en vez de adorar la voluntad de Dios, adora en cierto modo la suya.

         Añádase a esto que la mayor gloria que podemos dar a Dios es cumplir en todo su santísima voluntad. Esto de buscar la gloria de su Padre, fue lo que principalmente vino a enseñar con su ejemplo nuestro Redentor, cuando del cielo bajó a la tierra.


         (S. Alfonso Mª de Ligorio)