domingo, 30 de octubre de 2016

Papa Francisco en Nueva York (III)


Otro peligro surge cuando somos celosos de nuestro tiempo libre. Cuando pensamos que las comodidades mundanas nos ayudarán a servir mejor. El problema de este modo de razonar es que se puede ahogar la fuerza de la continua llamada de Dios a la conversión, al encuentro con Él. Poco a poco, pero de forma inexorable, disminuye nuestro espíritu de sacrificio, nuestro espíritu de renuncia y de trabajo. Y además nos aleja de las personas que sufren la pobreza material y se ven obligadas a hacer sacrificios más grandes que los nuestros, sin ser consagrados. El descanso es necesario, así como un tiempo para el ocio y el enriquecimiento personal, pero debemos aprender a descansar de manera que aumente nuestro deseo de servir generosamente. La cercanía a los pobres, a los refugiados, a los inmigrantes, a los enfermos, a los explotados, a los ancianos que sufren la soledad, a los encarcelados y a tantos otros pobres de Dios nos enseñará otro tipo de descanso, más cristiano y generoso.

Les doy las gracias por sus oraciones y su trabajo, así como por los sacrificios cotidianos que realizan en los diversos campos de apostolado. Muchos de ellos sólo los conoce Dios, pero dan mucho fruto a la vida de la Iglesia.

(Papa Francisco en Nueva York, Vísperas con los religiosos, Septiembre 2015)

Papa Francisco en Nueva York (II)


Un segundo aspecto es el espíritu de laboriosidad. Un corazón agradecido busca espontáneamente servir al Señor y llevar un estilo de vida de trabajo intenso. El recuerdo de lo mucho que Dios nos ha dado nos ayuda a entender que la renuncia a nosotros mismos para trabajar por Él y por los demás es el camino privilegiado para responder a su gran amor.

Para ser honestos, tenemos que reconocer con qué facilidad se puede apagar este espíritu de generoso sacrificio personal. Esto puede suceder de dos maneras, y las dos maneras son ejemplo de la «espiritualidad mundana», que nos debilita en nuestro camino de mujeres y hombres consagrados, de servicio y oscurece la fascinación, el estupor, del primer encuentro con Jesucristo.

Podemos caer en la trampa de medir el valor de nuestros esfuerzos apostólicos con los criterios de la eficiencia, de la funcionalidad y del éxito externo, que rige el mundo de los negocios. Ciertamente, estas cosas son importantes. Se nos ha confiado una gran responsabilidad y justamente por ello el Pueblo de Dios espera de nosotros una correspondencia. Pero el verdadero valor de nuestro apostolado se mide por el que tiene a los ojos de Dios. Ver y valorar las cosas desde la perspectiva de Dios exige que volvamos constantemente al comienzo de nuestra vocación y –no hace falta decirlo– exige una gran humildad. La cruz nos indica una forma distinta de medir el éxito: a nosotros nos corresponde sembrar, y Dios ve los frutos de nuestras fatigas. Si alguna vez nos pareciera que nuestros esfuerzos y trabajos se desmoronan y no dan fruto, tenemos que recordar que nosotros seguimos a Jesucristo, cuya vida, humanamente hablando, acabó en un fracaso: en el fracaso de la cruz.

(Papa Francisco en Nueva York, Vísperas con los religiosos, Septiembre 2015)

sábado, 29 de octubre de 2016

Desprendimiento. P. Mendizábal (XXII).


María y José tienen que retirarse a una gruta donde se recogen los animales, una gruta desapacible donde el ganado se protege de la lluvia. Y al llegar a ese lugar, la Virgen debió sentir profundamente lo terrible de aquella situación y el plan de Dios. Y al entrar debió pensar y exclamar: “¡Oh, pobreza, pobreza!, ¡ahora lo entiendo todo! Esto es lo que venía buscando mi Hijo con tanto hacerme abandonar, renunciar, humillarme. Me ha quitado todo, me ha dejado solo Jesús”. Para la Virgen es el único tesoro: le ha quitado todo lo demás, le ha dejado solo Jesús. Ésta suele ser la disposición íntima para el éxtasis del Nacimiento: “tener a Jesucristo como único tesoro del corazón”. Parece que me quita todo, y son los caminos de Dios, por donde nos lleva a su encuentro, al éxtasis del Nacimiento, al goce de la adoración y del abrazo de Cristo Encarnado.


(Con María, P. Mendizábal) 

viernes, 28 de octubre de 2016

Los tres clavos del misionero (II). P. Segundo Llorente (XX)


3. La disipación. En las misiones, como en cualquier otro lugar, se impone el alerta. Ni el decir adiós a los padres y hermanos, ni el renunciar voluntariamente a la patria y a los amigos, ni el surcar mares ignotos en busca de almas, son bastante para sostener espiritualmente al misionero, si este descuida los ejercicios espirituales de costumbre. A los dos días que abandone la oración y la presencia de Dios, se encuentra tibio y vacío de pensamientos y motivos espirituales, lo mismo que le acaece al religioso en la comunidad más observante. 

Dios no quiere que el misionero se envanezca creyendo que ha hecho mucho por él yendo a las misiones; al contrario, quiere que se convenza de que la vocación misionera es una gracia especialísima, un como regalo inmerecido, que Dios hace al misionero y por el cual exige pruebas de amor y fidelidad, que tal vez no le hubiera exigido si no le hubiera escogido para misionero.

(P. Segundo Llorente, 40 años en el Círculo Polar)

jueves, 27 de octubre de 2016

Exterminio del hombre viejo


- Lo que el mundo monástico necesita es algo radical, algo drástico, algo que lo sacuda y haga tambalear su complacencia. No vivimos la Regla al pie de la letra.

- Claro que no. La letra de la Regla es mortal.

- Sí, es mortal para el hombre viejo, haragán, rencoroso, falto de generosidad, que vive muy hondo dentro de nuestro ser. Roberto tiene fe en el exterminio de ese hombre. Estoy completamente seguro de que en su propio caso lo ha conseguido totalmente, y pienso que tal vez pueda conseguirlo en otros.


(Tres monjes rebeldes, P. Raymond)

martes, 25 de octubre de 2016

Instinto de conquista. Santo Cura de Ars (XXII)


A la oración juntó el Cura de Ars la penitencia, y fue, sin duda, para practicarla sin testigos, por lo que quiso vivir solo en la casa parroquial durante toda su vida. Si alguien pagaba por ellos, Dios perdonaría más fácilmente a los pobres pecadores: “Era, pues, menester a toda costa salvar las almas”.

Era un místico dotado de la verdadera intuición de las cosas: el espíritu del mal ejerce un poder tiránico sobre las almas impuras; se trataba nada menos que de librarlas de esa tiranía, y el Evangelio dice que “este linaje de demonios no se lanzan sino con el ayuno y la oración”. El Cura de Ars había recogido estas enseñanzas de labios del divino Maestro.


Veinte años después el Cura de Ars confiaría al reverendo Tailhades el secreto de sus primeras conquistas: “Amigo mío, el demonio no hace mucho caso de la disciplina y de otros instrumentos de penitencia. Lo que le pone en bancarrota son las privaciones en el comer, beber y dormir. Nada teme tanto como esto, y por lo mismo, nada es tan agradable a Dios. ¡Oh! ¡Cómo he tenido ocasión de experimentarlo! Cuando estaba solo, y lo estuve por espacio de ocho o nueve años, como podía entregarme sin medida a mis aficiones, llegaba a pasar días enteros sin comer…. Entonces conseguía de Dios cuanto quería para mí y para los otros”. 

(El Santo Cura de Ars, Arcaduz).

Dominando la concupiscencia


"Pero para mayor abundancia diremos otra manera de ejercicio que enseña a mortificar la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida, que son las cosas que dice San Juan que reinan en el mundo, de las cuales proceden todos los demás apetitos. 

Lo primero, procurar obrar en su desprecio y desear que todos los hagan (y esto es contra la concupiscencia de la carne).


Lo segundo, procurar hablar en su desprecio y desear que todos lo hagan (y esto es contra la concupiscencia de los ojos).

Lo tercero, procurar pensar bajamente de sí en su desprecio y desear que todo lo hagan (y esto es contra la soberbia de la vida)."

(San Juan de la Cruz)