viernes, 4 de diciembre de 2015

Remedio para la impaciencia (III). P. Segundo Llorente (XV)

Generalmente, al comenzar un viaje largo o peligroso, me recojo y muero con la intención ofreciendo mi vida al eterno Padre unida a la de su Hijo en la Cruz.

Viene en seguida una paz imposible de describir; pero luego, cuando el peligro asesta golpes que yo llamo en español puñaladas traperas, la carne deja al descubierto toda su flaqueza innata, obligando al espíritu a coger de nuevo las riendas y guiar al compuesto de cuerpo y alma sin declinar ni a la diestra ni a la siniestra.


Como Jesucristo experimentó esto en carne mortal como la nuestra, da gusto dirigirse a él en estos trances; pues conoce muy bien el paño y se hace cargo perfecto de la situación.


(P. Segundo Llorente, 40 años en el Círculo Polar)

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