viernes, 31 de marzo de 2017

La verdadera alegría del misionero. P. Segundo Llorente (XXVII)


Dios está con el misionero que lo es por vocación y obediencia y le hace alegre la vida. La nieve da gusto verla tan blanca. El hielo es ideal para patinar. El frío ayuda a no sudar cuando está uno aforrado de pieles que de otra suerte le tostarían a uno.


La ingratitud del indígena me abre a mí los ojos para que vea mejor cómo debe desagradar a Dios mi letanía de ingratitudes, que también los misioneros somos ingratos a Dios y sucumbimos a la tentación de mirar las cosas con ojos humanos como si no tuviéramos con nosotros a Dios, que es infinitamente bueno, sabio y poderoso; la lejanía de la patria no es tan intolerable como les parece a algunos sentimentalistas descentrados; los mosquitos no pican si se lleva un velo en el rostro; la soledad ayuda poderosamente a unirse con Dios y a despegarse de las bajezas de este mundo tan villano, tan infeliz y tan lleno de cementerios.

(P. Segundo Llorente, 40 años en el Círculo Polar)

jueves, 30 de marzo de 2017

Entrega a la voluntad del Padre, a imitación del Hijo


El mismo texto de la carta a los Hebreos, texto inspirado, explica: «Dice primero: "Sacrificios y oblaciones y holocaustos y sacrificios por el pecado no los quisiste ni te agradaron" —cosas todas ofrecidas conforme a la Ley—; luego añade: "He aquí que vengo a hacer tu voluntad"» (Hb 10, 8-9). Estas palabras del Salmo, que la carta a los Hebreos ve expresadas en el diálogo intratrinitario, son palabras del Hijo que dice al Padre: «He aquí que vengo a hacer tu voluntad». Así se realiza la Encarnación: «He aquí que vengo a hacer tu voluntad». El Señor nos implica en sus palabras, que se convierten en nuestras: «He aquí que vengo, con el Señor, con el Hijo, a hacer tu voluntad».


De este modo se delinea con claridad el camino de vuestra santificación: la adhesión oblativa al plan salvífico manifestado en la Palabra revelada, la solidaridad con la historia, la búsqueda de la voluntad del Señor inscrita en las vicisitudes humanas gobernadas por su providencia. Y, al mismo tiempo, se descubren los caracteres de la misión secular: el testimonio de las virtudes humanas, como "la justicia, la paz y el gozo" (Rm 14, 17), la "conducta ejemplar" de la que habla san Pedro en su primera carta (cf. 1 P 2, 12), haciéndose eco de las palabras del Maestro: «Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5, 16). 

(Discurso en el 60º aniversiario de la Provida Mater Ecclesia el 7 defebrero de 2007, S.S. Benedicto XVI)

miércoles, 29 de marzo de 2017

Dar cuenta a Dios. Santo Cura de Ars (XLIV)


“Ignorante e incapaz como él se creía”, ¿no había tentado al cielo con aceptar la cura de almas? “Ah –decía entre gemidos- no es el trabajo lo que me cuesta; es la cuenta que hay que dar de la vida de párroco”. Y, realmente, esta perspectiva le tuvo inquieto hasta los últimos momentos. 

“Ah, amigo mío- comentaba un día al Rdo. Descôtes, suspirando angustiosamente- usted no sabe lo que es pasar de una parroquia al tribunal de Dios”.

(El Santo Cura de Ars, Arcaduz)

lunes, 27 de marzo de 2017

Toma sobre sí el "no" de los hombres, para atraerlo de este modo a su "sí"


"Partiendo de la Última Cena y de la Resurrección, 
podemos afirmar que la Cruz es la extrema radicalización del amor incondicional de Dios, 
amor en el que, a pesar de todas las negaciones por parte de los hombres, 
Él se entrega, toma sobre sí el "no" de los hombres, para atraerlo de este modo a su "sí"."



(Benedicto XVI, Jesús de Nazaret 2ª parte)

domingo, 26 de marzo de 2017

La Iglesia, madre de vocaciones. Papa Francisco


La llamada de Dios se realiza por medio de la mediación comunitaria. Dios nos llama a pertenecer a la Iglesia y, después de madurar en su seno, nos concede una vocación específica. El camino vocacional se hace al lado de otros hermanos y hermanas que el Señor nos regala: es una con-vocación. El dinamismo eclesial de la vocación es un antídoto contra el veneno de la indiferencia y el individualismo. Establece esa comunión en la cual la indiferencia ha sido vencida por el amor, porque nos exige salir de nosotros mismos, poniendo nuestra vida al servicio del designio de Dios y asumiendo la situación histórica de su pueblo santo. 

En esta jornada, dedicada a la oración por las vocaciones, deseo invitar a todos los fieles a asumir su responsabilidad en el cuidado y el discernimiento vocacional. Cuando los apóstoles buscaban uno que ocupase el puesto de Judas Iscariote, san Pedro convocó a ciento veinte hermanos (Hch. 1,15); para elegir a los Siete, convocaron el pleno de los discípulos (Hch. 6,2). San Pablo da a Tito criterios específicos para seleccionar a los presbíteros (Tt 1,5-9). También hoy la comunidad cristiana está siempre presente en el surgimiento, formación y perseverancia de las vocaciones (cfr. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 107).

(Papa Francisco, Jornada Mundial de Oración por las vocaciones 2016)

viernes, 24 de marzo de 2017

Silencio ante las críticas. Santo Cura de Ars (XLIII)


Dicen que sois un santo –le escribía, en nombre de muchos de sus compañeros, un sacerdote que prudentemente se había muy bien guardado de firmar- y sin embargo, no todos vuelven convertidos. Haríais muy bien en moderar vuestro celo mal entendido; de lo contrario, nos veremos forzados a advertir a Monseñor.

El inculpado contestó directamente al autor de la carta a quien reconoció por la letra:

“Señor Cura, os doy sinceramente las gracias por los caritativos avisos que os habéis dignado darme. Reconozco mi ignorancia y mi incapacidad. Si las personas de las parroquias vecinas no se han convertido después de haber recibido de mí los sacramentos, tengo de ello muchísima pena. Si os parece bien podéis escribir a Monseñor, quien según espero, tendrá la bondad de reprenderme… Pedid a Dios, si os place, señor Cura, que haga el menor mal y el mayor bien”.

Tal respuesta tuvo el resultado que había de tener. El autor de la carta se apresuró a escribir al Rdo. Vianney para excusarse, y esta vez no omitió la firma.

(El Santo Cura de Ars, Arcaduz)