lunes, 29 de febrero de 2016

Vocación de Gedeón


El Ángel del Señor fue a sentarse bajo al encina de Ofrá, que pertenecía a Joás de Abiézer. Su hijo Gedeón estaba moliendo trigo en el lagar, para ocultárselo a los madianitas.

El Ángel del Señor se le apareció y le dijo: «El Señor está contigo, valiente guerrero».

 «Perdón, señor, le respondió Gedeón; pero si el Señor está con nosotros, ¿por qué nos sucede todo esto? ¿Dónde están todas esas maravillas que nos contaron nuestros padres, cuando nos decían: «El Señor nos hizo subir de Egipto?» Pero ahora él nos ha desamparado y nos ha entregado en manos de Madián».

El Señor se volvió hacia él y le dijo: «Ve, y con tu fuerza salvarás a Israel del poder de los Madianitas. Soy yo el que te envío».

Gedeón le respondió: «Perdón, Señor, pero ¿cómo voy a salvar yo a Israel, si mi clan es el más humildes de Manasés y yo soy el más joven en la casa de mi padre?».

«Yo estaré contigo, le dijo el Señor, y tú derrotarás a Madián como si fuera un solo hombre».

Entonces Gedeón respondió: «Señor, se he alcanzado tu favor, dame una señal de que eres realmente tú el que está hablando conmigo. Te ruego que no te muevas de aquí hasta que yo regrese. En seguida traeré mi ofrenda y la pondré delante de ti». 

El Señor le respondió: «Me quedaré hasta que vuelvas».


Gedeón fue a cocinar un cabrito y preparó unos panes sin levadura con una medida de harina. Luego puso la carne en una canasta y el caldo en una olla; los llevó debajo de la encina y se los presentó.

El Ángel del Señor le dijo: «Toma la carne y los panes ácimos, deposítalos sobre esta roca y derrama sobre ellos el caldo». Así lo hizo Gedeón.

Entonces el Ángel del Señor tocó la carne y los panes ácimos con la punta del bastón que llevaba en la mano, y salió de la roca un fuego que los consumió. En seguida el Ángel del Señor desapareció de su vista. 
Gedeón reconoció entonces que era el Angel del Señor, y exclamó: «¡Ay de mí, Señor, porque he visto cara a cara al Angel del Señor!».

Pero el Señor le respondió: «Quédate en paz. No temas, no morirás».

Gedeón erigió allí un altar al Señor y lo llamó: «El Señor es la paz». Todavía hoy se encuentra ese altar en Ofrá de Abiézer.

(Jue 6, 11-24)

domingo, 28 de febrero de 2016

Proximidad. Jubileo de la Vida Consagrada (III)


La otra palabra es la proximidad. Hombres y mujeres consagrados, pero no para alejarme de la gente y tener todas las comodidades, no, para acercarme y entender la vida de los cristianos y de los no cristianos, los sufrimientos y los problemas, las muchas cosas que solamente se entienden si un hombre y una mujer consagrada se hacen próximo: en la proximidad. «Pero, Padre, yo soy una religiosa de clausura, ¿qué debo hacer?». Pensad en Santa Teresa del Niño Jesús, patrona de las misiones, que con su corazón ardiente era próxima a la gente. Proximidad. Hacerse consagrados no significa subir uno, dos, tres escalones en la sociedad. Es verdad, muchas veces escuchamos a los padres: «Sabe padre, ¡yo tengo una hija religiosa, yo tengo un hijo fraile!». Y lo dicen con orgullo. ¡Y es verdad! Es una satisfacción para los padres tener hijos consagrados; esto es verdad. Pero para los consagrados no es un estatus de vida que me hace ver a los otros con indiferencia. 

La vida consagrada me debe llevar a la cercanía con la gente: cercanía física, espiritual, conocer a la gente. «Ah, sí, Padre, en mi comunidad la superiora nos ha dado el permiso de salir, ir los barrios pobres con la gente...» — «Y en tu comunidad, ¿hay religiosas ancianas?» — «Sí, sí... Esta la enfermería en el tercer piso» — «Y, ¿cuántas veces al día tú vas a visitar a tus religiosas, las ancianas que pueden ser tu mamá o tu abuela?» — «Sabe, Padre, yo estoy muy ocupada en el trabajo y no logro ir…». ¡Proximidad! ¿Quién es el primer prójimo de un consagrado o de una consagrada? El hermano o la hermana de la comunidad. Este es vuestro primer prójimo. Es también una proximidad hermosa, buena, con amor. 

(Papa Francisco, Jubileo de la Vida Consagrada. Febrero 2016)

jueves, 25 de febrero de 2016

La Regla. Tres monjes rebeldes (VIII)


El abad Bernardo percibió en los ojos de aquel muchacho de quince años el ardor de su alma por la Caballería, y tomó la decisión de convertirlo en una verdadera hoguera, con la ayuda de Dios.

- Hijo mío, habéis de tomar la Regla como vuestra espada, vuestro escudo y vuestra cota de malla.

El rostro de Roberto se iluminó. Aquellos términos le resultaban conocidos.

- La Regla representará todo eso para vos, hijo mío, solo con que los viváis así. Creedme cuando os digo que no se trata sólo de un broquel con qué defenderse, sino de un arma de dos filos para el ataque. Vivir la Regla, hijo, y no sólo estaréis a salvo, sino que seréis santo; seréis un caballero de Dios.

(Tres monjes rebeldes, P. Raymond)

miércoles, 24 de febrero de 2016

Autoridad. Santa Teresa de Jesús (XXXVI)


Su conocimiento del corazón humano y su sentido de justicia se manifiestan por entero en una sola frase de las Constituciones: “Sea el castigo después de la pasión aplacada”.

(La Vida de Santa Teresa de Jesús, Arcaduz).

lunes, 22 de febrero de 2016

No llevaría en paciencia


"Me holgaría con ver a otros en el Cielo con más gloria que yo, 
pero no llevaría en paciencia que otros amasen más a Dios que yo" 


(Santa Teresa de Jesús)


domingo, 21 de febrero de 2016

Profecía (II). Jubileo de la Vida Consagrada (II)


Cuando vosotros aceptáis por obediencia una cosa, que quizás muchas veces no os gusta...... se debe tragar esa obediencia pero se hace. Por lo tanto, la profecía. La profecía es decir a la gente que hay un camino de felicidad, de grandeza, un camino que llena de alegría, que es el camino de Jesús. Es el camino de estar cerca de Jesús. Es un don, es un carisma la profecía y se le debe pedir al Espíritu Santo: que yo sepa decir esa palabra, en aquel momento justo; que yo haga esa cosa en aquel momento justo, que mi vida, toda, sea una profecía. Hombres y mujeres profetas. Y esto es muy importante. «Pero, hagamos como todo el mundo....». No. La profecía es decir que hay algo más verdadero, más bello, más grande, más bueno al cual todos estamos llamados.

(Papa Francisco, Jubileo de la Vida Consagrada. Febrero 2016)