La sangre de Cristo es fuente de confianza, pero nos obliga también a consagrar todos los afectos del corazón a nuestro amoroso Redentor. ¿Por ventura ignoráis, dice S. Pablo, que ya no sois de vosotros, puesto que fuisteis comprados a gran precio?
¡Oh, Jesús mío!, sin manifiesta injusticia no puedo disponer de mí y de mis cosas, porque habiéndome comprado con vuestra muerte, he venido a ser propiedad vuestra; mi cuerpo, mi alma y mi vida ya no son míos, son vuestros, con absoluto dominio y señorío.
Por tanto, solo en Vos espero, ¡oh Salvador mío!, solo a Vos quiero amar, ¡oh Dios crucificado y muerto por mí! No tengo que ofreceros más que esta alma rescatada con vuestra sangre, y esto es lo que os ofrezco. Ya que solo Vos sois el objeto de todos mis deseos, dadme licencia para amaros, ¡oh Salvador y Dios mío!, mi amor y mi todo.
¡Oh Jesús mío! Dadme confianza en vuestra Pasión y arrancad de mi corazón todos los afectos que a Vos no vayan dirigidos.
(El amor del alma, S. Alfonso Mª de Ligorio)
No hay comentarios:
Publicar un comentario