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viernes, 12 de junio de 2020

Deseos que no se realizan. P. Segundo Llorente (XXXVI)


Puede ocurrir y ocurre que Dios ponga en el alma deseos santísimos de algo concreto (como el venir a misiones) sin que quiera que esos deseos se realicen; y lo hace o lo puede hacer por dos razones. 

Sucede que Dios llama a misiones a cierto número de almas escogidas; pero ellas se hacen sordas y no quieren oír. Esa sordera artificial causa heridas profundas en su divino corazón. 

Como las heridas duelen, hay que curarlas. Dios las cura con el bálsamo de los deseos de otras almas que quisieran venir y se lamentan de no poder venir. Una inyección en el brazo deja al cuerpo libre de difteria. 


(P. Segundo Llorente, 40 años en el Círculo Polar)

viernes, 22 de mayo de 2020

La ventaja de la humildad. P. Segundo Llorente (XXXV)


Las almas de la retaguardia tienen la gran ventaja de que como no ven con los ojos a los que se convierten y se bautizan, se mantienen siempre en humildad creyendo que no hacen nada y que en realidad de verdad son siervos inútiles y sin provecho; y esa humildad roba el corazón a Dios que odia la soberbia con odio infinito. 

En cambio el pobre misionero que ve las ovejas descarriadas y las trae e introduce en el redil, corre un peligro gravísimo de albergar en el alma cierto humillo flotante de vanagloria que le hace perder mucho mérito a los ojos purísimos de Dios. 


Vanagloriarse de convertir infieles puede traer consecuencias desastrosas para el alma. Las conversiones se deben a la gracia. Esta se da de ley ordinaria al que la implora con oraciones, lágrimas, actos de amor, sacrificios, obras buenas ofrecidas con pureza de intención y sobre todo con sufrimientos unidos a los de Cristo. Todo esto nos lo procura o nos lo puede procurar la retaguardia. 

(P. Segundo Llorente, 40 años en el Círculo Polar)

viernes, 8 de mayo de 2020

Para Dios no hay distancias. P. Segundo Llorente (XXXIV)


Para Dios no hay distancias. La trabazón y musculatura del cuerpo místico es un hecho invisible pero real y concreto y sin distancias apreciables a los ojos de Dios. Todas las inyecciones de savia divina que se apliquen en cualquier parte de ese cuerpo redundarán forzosamente en el incremento y bienestar de todo el cuerpo.

Para salvar almas no es necesario que todos surquen los mares. Se salvarán también desde una cocina o una clase en pleno Madrid y sobre todo se pueden salvar a redadas desde una enfermería.


Pero poco a poco nos vamos reponiendo del pasmo que causó la proclamación de santa Teresa del Niño Jesús patrona universal de las misiones; ella que jamás vio más indios que los pintados en los libros, vivió encerrada en un convento de Francia y murió tísica en la enfermería del convento entre cuatro paredes blancas.

(P. Segundo Llorente, 40 años en el Círculo Polar)

viernes, 17 de noviembre de 2017

La retaguardia. P. Segundo Llorente (XXXIII)


Son las almas buenas de la retaguardia, esas almas que se afligen porque no son enviadas, las que con sus oraciones y sacrificios mantienen el frente.

Presuponiendo que están en gracia, viven unidas a Cristo como los sarmientos a la vid y tienen parte activísima en la circulación de la sangre divina por todo el cuerpo místico.

Injertadas en Cristo producen sazonados frutos de redención, conversión, santificación y salvación de innumerables almas; unas más y otras menos según el grado de unión que tengan con Cristo.

Basta que todo lo hagan por amor de Dios; y mientras más desinteresado y fino sea ese amor, más ricos serán los frutos espirituales que producen.

El andar, comer, vestirse, dormir, peinarse y cortarse las uñas hecho todo por amor de Cristo y en unión íntima con Jesucristo produce tres frutos riquísimos que son: gloria a Dios, santificación personal, y conversión de almas apartadas de Dios.

(P. Segundo Llorente, 40 años en el Círculo Polar)



miércoles, 1 de noviembre de 2017

El triunfo será de todos. P. Segundo Llorente (XXXII)


Patriarcas, profetas, apóstoles, mártires, confesores y vírgenes flanqueados por legiones de ángeles desfilarán triunfantes embriagados de paz y de dulzura. Esos son los que se salvaron.

Se salvaron por la gracia divina, y esta viene solo de Dios, pero Dios se valió ordinariamente de medios humanos. Nos ayudamos mutuamente a salvarnos, como nos ayudamos a condenarnos.


Por fin terminará el desfile. Todo será gozo. Triunfamos. ¿Quién triunfó? Todos triunfamos. Todos juntos. Mientras unos combatían en las trincheras, otros fabricaban municiones, otros hacían uniformes, remendaban zapatos de campaña y recogían las cosechas de los campos.

Sin estos de la retaguardia, no podría dar un paso la vanguardia. En las conquistas espirituales del reino de Cristo los fusiles son las oraciones y las balas son los sacrificios. El soldado misionero tiene que disparar sin cesar, y si no le proveen de municiones, él solo bien pocas puede fabricar. 

(P. Segundo Llorente, 40 años en el Círculo Polar)

viernes, 20 de octubre de 2017

El fin de las misiones. P. Segundo Llorente (XXXI)


El fin de las misiones es establecer la Iglesia de Cristo donde no esté aún establecida. Como Cristo es por naturaleza rey universal, su reino abarca por derecho propio toda la redondez del globo. Todo hombre que viene a este mundo debe ser vasallo de Cristo rey. Resulta, sin embargo, que pululan por la tierra millones de millones que no lo son; hay rebaños incontables de ovejas que vegetan lejos del verdadero redil.

Consecuencia lógica de estos hechos antagónicos es que la Iglesia de Cristo es militante. Toda la Iglesia se despliega en orden de batalla para ganar a todos los hombres; para atraer hacia sí todas las ovejas extraviadas.


Todo bautizado es por el mero hecho un misionero. Esas almas buenas que se afligen porque no pueden venir a misiones, que no se aflijan. Formamos todos un cuerpo de combate con vanguardia y retaguardia. Los misioneros forman la vanguardia.

Ahora bien, es un axioma de todos conocido que sin una retaguardia bien organizada, no hay vanguardia que pueda atacar con eficacia mucho tiempo ni que puedan contener el ímpeto del enemigo que está siempre contraatacando.

(P. Segundo Llorente, 40 años en el Círculo Polar)

viernes, 19 de mayo de 2017

Alguno tiene que ir. P. Segundo Llorente (XXX)


Es cosa clara y de fe que para que se conviertan los infieles tiene que haber misioneros que les prediquen. Bien claro lo especificó Jesucristo en su testamento: “Id y enseñad a todas las gentes y bautizadlas en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”.

¡Id! Alguno tiene que ir. Pero ese mandato de ir no obliga a todos de la misma manera, aunque todos tenemos que “ir”; como el luchar en defensa de la patria o el colonizar regiones bárbaras no obliga lo mismo a todos los ciudadanos.

(P. Segundo Llorente, 40 años en el Círculo Polar)

viernes, 12 de mayo de 2017

¿Cómo predicarán si no son enviados? P. Segundo Llorente (XXIX)


Para ser misionero no tiene que venir la persona a lo que llamamos frente misional, donde la mayoría no conoce a Jesucristo.

Hay un sinfín de almas buenas en la cristiandad que desean ardientemente ser misioneras, pero que no pueden venir, y se afligen lamentando lo que llaman su mala estrella que les impide la realización de sus ardorosos deseos.

En el capítulo 10 de la epístola a los romanos leen esas almas los siguientes versículos: “Todo el que invoque el nombre del Señor, se salvará. Pero ¿cómo van a invocar a Aquel de quien no han oído hablar¿ ¿Y cómo van a oír si no se les predica? ¿Y cómo se les va a predicar si no les envían predicadores? Por eso está escrito: qué preciosos son los pies de los que evangelizan la paz; de los que evangelizan el bien”.

(P. Segundo Llorente, 40 años en el Círculo Polar)

viernes, 28 de abril de 2017

El Señor quiere valerse de nosotros. P. Segundo Llorente (XXVIII)


¿Qué fuerza pervertiva tiene el enemigo y cuál es el más poderoso en estos tiempos? Hoy, como hace dos mil años, el enemigo es el monstruo de tres cabezas: mundo, demonio y carne.

A los paganos les cuesta mucho abandonar su modo de vivir. Antes de que viniera el misionero con escrúpulos de conciencia daba gusto vivir como lo habían venido haciendo los antepasados. Ahora tenemos que confesarnos, proponer la enmienda, creer en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, confiar filialmente en Dios sin caer en la tentación de pedir ayuda al demonio.

Todo eso es muy cuesta arriba para el pobre paganote que va de sorpresa en sorpresa cuando entra de lleno en el estudio del catecismo. Entonces se necesita la gracia de Dios so pena de que todo se derrumbe estrepitosamente.

Cuando las almas buenas esparcidas por la cristiandad oran y se sacrifican por las misiones, lo que en realidad hacen es obtener de Dios lluvias de gracias que caen mansamente sobre los corazones paganos y les hace fácil y hacedero lo que de otra manera les hubiera resultado imposible de toda imposibilidad. Y mientras más almas oren y se sacrifiquen, más abundantes serán esas lluvias de gracia divina y más paganos vendrán al redil del buen pastor.

Los católicos tenemos la responsabilidad abrumadora de ayudar a que el mundo se convierta. Cuando uno piensa en el hecho formidable de que Dios ha vinculado la salvación del mundo a nuestra cooperación, es como para enterrarse uno de miedo. 

¡Si lo hiciera el Señor solo! Pero no; quiere valerse de nosotros. Es como para que lo meditemos.

(P. Segundo Llorente, 40 años en el Círculo Polar)

viernes, 31 de marzo de 2017

La verdadera alegría del misionero. P. Segundo Llorente (XXVII)


Dios está con el misionero que lo es por vocación y obediencia y le hace alegre la vida. La nieve da gusto verla tan blanca. El hielo es ideal para patinar. El frío ayuda a no sudar cuando está uno aforrado de pieles que de otra suerte le tostarían a uno.


La ingratitud del indígena me abre a mí los ojos para que vea mejor cómo debe desagradar a Dios mi letanía de ingratitudes, que también los misioneros somos ingratos a Dios y sucumbimos a la tentación de mirar las cosas con ojos humanos como si no tuviéramos con nosotros a Dios, que es infinitamente bueno, sabio y poderoso; la lejanía de la patria no es tan intolerable como les parece a algunos sentimentalistas descentrados; los mosquitos no pican si se lleva un velo en el rostro; la soledad ayuda poderosamente a unirse con Dios y a despegarse de las bajezas de este mundo tan villano, tan infeliz y tan lleno de cementerios.

(P. Segundo Llorente, 40 años en el Círculo Polar)

viernes, 17 de marzo de 2017

El misionero… imprescindible. P. Segundo Llorente (XXVI)


Con cuarenta villorios –de tres y cuatro chozas la mayoría- apartados unos de otros por distancias fenomenales, ¿qué otra cosa puede hacerse sino visitarlos en riesgosísimas excursiones en trineo? Con un promedio de tres visitas anuales a cada aldea se logra en parte que nadie muera sin bautismo, y que los adultos mueran con los sacramentos relativamente recientes y con instrucciones concernientes al acto de contrición y a los principales artículos de la fe.


Sin los misioneros, el distrito estaría envuelto en nubes espesas de supersticiones, hechicerías, ignorancia y paganismo. Gracias a los misioneros el distrito es oficialmente católico, y se celebra la Santa Misa en todo él, y se reciben con devoción los sacramentos; es decir, que plantamos y regamos, confiados en que Dios ha de dar el incremento.

Salta a la vista que este modo de evangelizar deja mucho que desear, pero es el mejor que hemos descubierto hasta ahora. En la práctica la tundra y las realidades del territorio imponen las limitaciones que Dios ha querido poner aún al más entusiasta de los misioneros.

(P. Segundo Llorente, 40 años en el Círculo Polar)

viernes, 3 de marzo de 2017

Dios llama a muchos (II). P. Segundo Llorente (XXV)


Dios llama a muchos; pero son pocos los que se dan por aludidos. Se excusan con que si la novia, si la madre viuda, si la salud, si me comerán vivo los indios, si el suelo patrio, y en estas excusas se les pasa la juventud. Entre tanto Jesucristo sigue dando toquecitos a otros corazones jóvenes. “Mañana te abriremos –le responden-, para lo mismo responder mañana”.


(P. Segundo Llorente, 40 años en el Círculo Polar)

viernes, 27 de enero de 2017

Dios llama a muchos. P. Segundo Llorente (XXIV)


Cada vez que veo estudiantes rebosando salud; chicos guapísimos con el cabello partido en crenchas muy galanas; jóvenes esbeltos que parecen cincelados por el buril del mismísimo Fidias; al pensar luego que o no son católicos, o si lo son, no aspiran más que a terminar una carrera que les facilite trabajar a la sombra, cobrar un sueldo ramplón, criar media docena de hijos y llegar luego a viejos sentados en la butaca de algún casino con compadres tan canos y calvos como ellos, se me subleva la sangre y me viene la tentación de agarrarlos por las solapas y decirles con acento lastimero:


- Pero, hombre, ¿no ves que estás perdiendo la ocasión de poderte cubrir de gloria marchando a las misiones donde con tus fatigas, con tus dolores, con tus esfuerzos, con sufrimientos de todo género llevados alegremente por amor de Dios puedes convertir un sinnúmero de almas que glorifiquen eternamente contigo a Jesucristo?

Nos sobran ya abogados, ingenieros, médicos y veterinarios. Lo que nos hace falta con toda urgencia son chicos como tú que vayan hoy mismo a los noviciados y marchen luego a conquistar el mundo para Cristo. Si me dices que Dios no te llama, vete a la iglesia; arrodíllate ante el sagrario; di a la santísima Virgen que presente ella tu petición a su divino Hijo. Diles que tú quieres venirte aquí de voluntario. Veremos luego si te llama Dios o no te llama.

(P. Segundo Llorente, 40 años en el Círculo Polar)

viernes, 13 de enero de 2017

El banquete de Navidad. P. Segundo Llorente


A las siete de la noche, solo ya en mi cocina, me puse a pasear pensativo para planear el banquete de Navidad. Poco a poco me empezó a invadir un como tedio de la vida que me es muy familiar. No tenía malditas las ganas de guisar nada. ¡Si hubiera una taberna a mano!... Porque de restaurantes ni hablar.

En un cajón me quedaban dos zanahorias viejas y arrugadas que habían venido por barco durante el verano. Las lavé y las corté en rajas que hoy no me hicieron gracia alguna. Abría una lata que decía: sopa consomé.

Corté un pedazo de pan y puse sobre la mesa el turrón que me mandó de México la señora Berta Téllez, viuda de Berruecos.

Al ver juntos el turrón y las zanahorias me reí sin ganas, pero me reí, porque el contraste me trajo a la memoria el dicho gracioso de un profesor mío de filosofía muy viejo que, cuando echábamos una elegancia latina y luego se nos escapaba un disparate de sintaxis, decía: “Eso es como uno que llevase una corbata de seda y los calzones rotos”.


Al sentarme solo a la mesa me invadió una tristeza que llevaba camino de aplastarme. Como no era cosa de terminar de mala manera un día tan solemne, y como había que evitar que el egoísmo saliese con la suya, me planté, le agarré por el cuello y lo estrangulé sin compasión y con la ayuda de un pensamiento sencillísimo:

-¿No celebramos hoy tres misas y recibimos tres veces al mismo Jesucristo? ¿Y puede haber alimento terreno que se compare a mil leguas con Jesucristo? Pues entonces ¿a qué vienen esas quejas? ¿Qué alimento puede tener sabor después de haber gustado a Jesucristo? ¿A estas alturas salimos con esas?

Vergüenza primero y gozo interno después me dejaron como nuevo y pude terminar el día como Dios manda. Todos los problemas se resuelven como por encanto con solo sacar a plaza a Jesucristo.

(P. Segundo Llorente, 40 años en el Círculo Polar)

                                                                               

viernes, 2 de diciembre de 2016

Los instrumentos de Dios (II). P. Segundo Llorente (XXIII)


Total, que lo único de que dispone Dios para convertir toda el Asia, son grupitos insignificantes de monjitas temblorosas como estas, grupos de sacerdotes que caen boquiabiertos en un mundo pagano para ellos desconocido.

¿Qué conquistan los hombres en la guerra? Conquistan odios. ¿Qué conquista Dios con sus monjitas y frailicos? Conquista los corazones. Poco a poco el cristianismo se va extendiendo. Tiene sí, avances y retrocesos, ganancias y pérdidas; pero se va extendiendo. En países antes paganos, ya hay almas vírgenes, sacerdotes celosos y verdaderos mártires de Cristo.


¡Qué gracia tan extraordinaria ser escogidos entre millones para salir de la casa paterna con ojos húmedos y pulso tembloroso y surcar los mares para caer en el mundo pagano como un grano que, al pudrirse, ha de producir el ciento por uno en conversiones, en santidad y en glorificación de Dios por toda la eternidad!

(P. Segundo Llorente, 40 años en el Círculo Polar)

viernes, 18 de noviembre de 2016

Los instrumentos de Dios. P. Segundo Llorente (XXII)

        
¿Cómo conquista Dios? Ved a las monjitas que parten para el oriente con el crucifijo en el pecho.

No llegan a una docena. No tienen más arma que el crucifijo. No llevan en los ojos odio satánico a los japoneses. Al contrario, quieren a los japoneses.

Y en cuanto a los ojos, van llorando aún por estar todavía reciente la despedida de sus familias que también quedaron llorando. Van llorosas, temblorosas ante la incertidumbre de lo que las espera en el lejano oriente.


A estas y a otras como estas ha encargado Dios la conquista para él del pueblo japonés.

Dios quiso mandar más, muchas más; pero las otras no le escucharon. Prefirieron los bailes, los cines, las modas, los casorios y el hacer en todo su voluntad. O tal vez se opusieron a ello los padres, convertidos de repente en seres barbarizados que tendrán que dar de ello una cuenta tremenda el día del juicio.

(P. Segundo Llorente, 40 años en el Círculo Polar)

viernes, 4 de noviembre de 2016

Los tres clavos del misionero (III)


Ahora bien, cuando duerme uno en casa ajena y aprietan mil negocios de importancia, es muy difícil hacer una hora de oración. Cuando se padecen mil incomodidades en el viaje, se corre el peligro de impacientarse y ganar purgatorio en vez de cielo. 

Dios quiere que el misionero no se impaciente, que no se queje interiormente y que gane cielo. Pero esto requiere esfuerzo, y todo esfuerzo es costoso. El esforzarse es un acto personal y no un don, que le llueve a uno el día que pone los pies en la misión. Sin un esfuerzo suave, pero continuo, la vida espiritual del misionero queda hecha jirones en tantos viajes tan a propósito para la disipación del espíritu.

Los tres clavos que sujetan al misionero en la cruz se pueden convertir en clavos dulces, como llama la Iglesia a los clavos del Señor. Basta para ello que el misionero quiera ser fiel, que renueve la presencia de Dios y espiritualice las obras, que haga a Jesucristo el centro de sus aspiraciones. Y entonces Dios le dará consuelos en los que jamás había soñado. Al misionero le incumbe plantar y regar; la cosecha la recoge Dios.

(P. Segundo Llorente, 40 años en el Círculo Polar)

viernes, 28 de octubre de 2016

Los tres clavos del misionero (II). P. Segundo Llorente (XX)


3. La disipación. En las misiones, como en cualquier otro lugar, se impone el alerta. Ni el decir adiós a los padres y hermanos, ni el renunciar voluntariamente a la patria y a los amigos, ni el surcar mares ignotos en busca de almas, son bastante para sostener espiritualmente al misionero, si este descuida los ejercicios espirituales de costumbre. A los dos días que abandone la oración y la presencia de Dios, se encuentra tibio y vacío de pensamientos y motivos espirituales, lo mismo que le acaece al religioso en la comunidad más observante. 

Dios no quiere que el misionero se envanezca creyendo que ha hecho mucho por él yendo a las misiones; al contrario, quiere que se convenza de que la vocación misionera es una gracia especialísima, un como regalo inmerecido, que Dios hace al misionero y por el cual exige pruebas de amor y fidelidad, que tal vez no le hubiera exigido si no le hubiera escogido para misionero.

(P. Segundo Llorente, 40 años en el Círculo Polar)

viernes, 14 de octubre de 2016

Los tres clavos del misionero. P. Segundo Llorente (XIX)


Al afortunado, a quien le quepa en suerte ser escogido por uno de los “doce”, le espera una vida de cruz a la cual le sujetan tres clavos, a cual más fuertes, y son estos: 

1. La lengua. Aquella memoria feliz de la adolescencia se ha atrofiado por el uso del raciocinio en los días maduros, y cuesta muchos sudores y esfuerzos retener palabras como tekteljounga, ajanajkagolok, talluyaijtoveagameaut y otras dos mil por el estilo. 

En los viajes, por la calle, en las casas y sobre todo en la iglesia, se encuentra el misionero cara a cara con las almas, en las que tanto soñó, pero aquellas almas allí presentes se encuentran a cien leguas de él, no se entienden; ni siquiera les puede hablar. 

2. El desencanto. No se viene a ser javieres legendarios en busca de reinos, que se ganarán infaliblemente para la cruz con solo caminar de ciudad en ciudad con el crucifijo en alto, ni espere nadie que se le canse el brazo de bautizar como el apóstol de las Indias. 

El misionero del siglo XX tiene que contestarse tal vez con enseñar griego o latín a los chicos indígenas, amigos de recreo y vacaciones, o con escribir artículos de apologética en una revista del país, o con visitar un distrito vastísimo, cuyas distancias le roban en viajes una tercera parte del tiempo. Al cabo de un año de fatigas sin cuento no se han bautizado arriba de treinta o cincuenta o tal vez ciento.

(P. Segundo Llorente, 40 años en el Círculo Polar)

viernes, 30 de septiembre de 2016

No hay nada tan bello como acariciar un ideal magnífico. P. Segundo Llorente (XVIII)


No hay nada tan bello como acariciar un ideal magnífico. La prosa deprimente de la vida se estrella y se esfuma contra los muros inexpugnables de ese castillo, que levantamos en el aire al principio, pero que se nos acerca más y más, hasta que un día venturoso nos vemos en posesión de él pacífica y completamente.

Cada uno es lo que quiere ser. Los santos lo fueron, porque quisieron, y los cabecillas revolucionarios arrastran multitudes porque quieren arrastrarlas. El que quiera pertenecer al rebaño y llevar una vida quieta y sosegada lo logrará invariablemente. A mi parecer esto no tiene vuelta de hoja.

Ahora bien, entre los ideales más sublimes que un pecho generoso puede abrigar, y entre los quereres, a que un alma noble puede aspirar, es uno el querer ser misionero de infieles, continuador de la obra de Jesucristo acá en la tierra.

(P. Segundo Llorente, 40 años en el Círculo Polar)