Ahora bien, cuando duerme uno en casa ajena y aprietan mil negocios de importancia, es muy difícil hacer una hora de oración. Cuando se padecen mil incomodidades en el viaje, se corre el peligro de impacientarse y ganar purgatorio en vez de cielo.
Dios quiere que el misionero no se impaciente, que no se queje interiormente y que gane cielo. Pero esto requiere esfuerzo, y todo esfuerzo es costoso. El esforzarse es un acto personal y no un don, que le llueve a uno el día que pone los pies en la misión. Sin un esfuerzo suave, pero continuo, la vida espiritual del misionero queda hecha jirones en tantos viajes tan a propósito para la disipación del espíritu.
Los tres clavos que sujetan al misionero en la cruz se pueden convertir en clavos dulces, como llama la Iglesia a los clavos del Señor. Basta para ello que el misionero quiera ser fiel, que renueve la presencia de Dios y espiritualice las obras, que haga a Jesucristo el centro de sus aspiraciones. Y entonces Dios le dará consuelos en los que jamás había soñado. Al misionero le incumbe plantar y regar; la cosecha la recoge Dios.
(P. Segundo Llorente, 40 años en el Círculo Polar)
No hay comentarios:
Publicar un comentario