Poco dolor tiene de sus culpas, o ninguno, el que aun para decirlas y declararlas a su confesor no tiene virtud: esa vergüenza y afrenta ha de ofrecer uno en recompensa y satisfacción de la culpa que ha cometido, para aplacar con eso a Dios nuestro Señor.
Solo el sentir repugnancia y dificultad en decir la culpa había de bastar para tenerse uno por sospechoso, y entender que conviene decirla, aunque no hubiese mas en ello que vencer esa repugnancia y mortificarse, y que no salga la carne ni el demonio con la suya.
(P. Alonso Rodríguez, Ejercicio de Perfección y virtudes cristianas)
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