viernes, 26 de junio de 2020

Vrs. envidia


¿Cuándo puede uno superar esta pasión? Cuando su vida rebosa amor de caridad y búsqueda del bien. El amor hace que uno se ponga al servicio, sin esperar nada, que es cuando más recibe… 

Hacer el bien implica ser bueno aun cuando te crucifican.

El amor de caridad se alegra con el bien del otro, y con la alegría del otro. El bien se hace desde la humildad de quien sirve.

Ten paciencia contigo y a la vez delicada exigencia… y amor hacia todos.

jueves, 25 de junio de 2020

Atraer e irradiar (Tres monjes rebeldes)


- Si queréis que Citeaux se extienda, habréis de hacer dos cosas contradictorias en apariencia: irradiar y atraer. 

El rostro del abad expresó complacencia. Le resultaba grato oír la opinión autorizada de aquel experto estratega. 

- ¿Qué queréis decir exactamente? 

- He observado con atención la corriente continua de postulantes que llegan a nuestra puerta. Citeaux los atrae. Pero ahora, y gracias a ellos, Citeaux puede empezar a irradiar. Ya ha comenzado con La Ferté en el sur. Mas si La Ferté sigue creciendo, como cualquier otra cosa filial, habrá de atraer lo mismo que Citeaux. Solamente así podrán irradiar. 

(Tres monjes rebeldes, P. Raymond)

martes, 23 de junio de 2020


"No nos enojemos en el camino unos contra otros. Caminemos con nuestros hermanos y compañeros con dulzura, paz y Amor; y lo digo con toda claridad y sin excepción alguna: no te enojes jamás, y si es posible; por ningún pretexto des a tu corazón entrada al enojo… Las personas a quienes naturalmente nos sentimos poco inclinados, han de ser cabalmente, y con frecuencia, el objeto de nuestra dulzura y caridad" 
(S. Francisco de Sales).

lunes, 22 de junio de 2020


“Pues se te ha de seguir doblada amargura de cumplir tu voluntad, 
no la quieras cumplir, aunque quedes en amargura”. 

(S. Juan de la Cruz, Dichos de luz y amor)

domingo, 21 de junio de 2020


Finalmente, cuando Jesús subió a la barca, el viento cesó y las olas se calmaron. Es una hermosa imagen de lo que el Señor obra en nuestra vida y en los tumultos de la historia, de manera especial cuando atravesamos la tempestad: Él ordena que los vientos contrarios cesen y que las fuerzas del mal, del miedo y de la resignación no tengan más poder sobre nosotros. 

En la vocación específica que estamos llamados a vivir, estos vientos pueden agotarnos. Pienso en los que asumen tareas importantes en la sociedad civil, en los esposos que —no sin razón— me gusta llamar “los valientes”, y especialmente en quienes abrazan la vida consagrada y el sacerdocio. Conozco vuestras fatigas, las soledades que a veces abruman vuestro corazón, el riesgo de la rutina que poco a poco apaga el fuego ardiente de la llamada, el peso de la incertidumbre y de la precariedad de nuestro tiempo, el miedo al futuro. Ánimo, ¡no tengáis miedo! Jesús está a nuestro lado y, si lo reconocemos como el único Señor de nuestra vida, Él nos tiende la mano y nos sujeta para salvarnos. 


Y entonces, aun en medio del oleaje, nuestra vida se abre a la alabanza. Esta es la última palabra de la vocación, y quiere ser también una invitación a cultivar la actitud interior de la Bienaventurada Virgen María. Ella, agradecida por la mirada que Dios le dirigió, abandonó con fe sus miedos y su turbación, abrazó con valentía la llamada e hizo de su vida un eterno canto de alabanza al Señor. 

Queridos hermanos: Particularmente en esta Jornada, como también en la acción pastoral ordinaria de nuestras comunidades, deseo que la Iglesia recorra este camino al servicio de las vocaciones abriendo brechas en el corazón de los fieles, para que cada uno pueda descubrir con gratitud la llamada de Dios en su vida, encontrar la valentía de decirle “sí”, vencer la fatiga con la fe en Cristo y, finalmente, ofrecer la propia vida como un cántico de alabanza a Dios, a los hermanos y al mundo entero. Que la Virgen María nos acompañe e interceda por nosotros. 

(Papa Francisco. 
Mensaje para la 57 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, 8 marzo 2020)


sábado, 20 de junio de 2020

Analogía entre el sacerdocio y la maternidad. P. Mendizábal (XXXIII)


Quizá se ignora una cosa: hay una gran analogía entre el sacerdocio y la maternidad. La maternidad tiene también un doble aspecto, que podemos llamar de obediencia, en cuanto que el amor virginal de María es escucha de la palabra y obediencia. Es lo que podemos llamar dimensión virginal de la maternidad. Y luego, la maternidad como generación, en ese amor virginal y en esa entrega y obediencia virginal engendra, y engendra con la caridad misericordiosa hacia los hijos, hacia el hijo que engendra, hacia los hermanos del Hijo. Es una semejanza; diríamos que así como hay una obediencia y misericordia en el corazón materno, hay una correspondencia de amor virginal-esponsalicio y de amor materno. 

Entonces, podemos decir esto en analogía: como Jesús en su Sacerdocio fue hecho perfecto como Sacerdote, María es hecha perfecta en su Corazón Materno y es proclamada Madre en la cruz. Es una correspondencia a lo que dice: es proclamado Sacerdote, María es proclamada Madre y es proclamada Reina; Reina y Madre como resultado de la Pasión, en su asociación a la Pasión de Cristo. Esto es lo que nosotros escuchamos en la palabra de Jesús en la cruz. Es proclamada Madre, porque es perfeccionada como Madre. Llega el momento cumbre de su Maternidad, un momento cumbre que ha sido preparado por todo ese proceso. Al lado de Jesús, Ella ha ido creciendo en su caridad materna: ha ido creciendo en su unión, en amor a los hombres, a los redimidos por su Hijo, que serán sus hijos. Y de esta manera llega a la cumbre. Así podemos entender ese momento culminante que es la palabra de Jesús en la cruz. 


Llegamos así hasta ese momento supremo, con una Maternidad que va a durar para siempre, se mantiene y se actúa hasta el fin de los tiempos, y la Maternidad de María también. Como dice el Concilio: “Esa Maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia hasta la consumación de todos los elegidos. Y tiene con nosotros su amor, como el que tiene una madre que ha pasado dolores de parto por su hijo” Ella ha pasado ese momento de la muerte de Jesús en la Pasión, que Jesús asemeja a la mujer que sufre dolores de parto, que llora en este momento de su hora, pero que luego se alegra porque ha dado al mundo un hombre más. 

(Con María, P. Mendizábal)

jueves, 18 de junio de 2020

La vida de reparación en el sacerdote


Preciso es que el sacerdote sea “otro Cristo”. Jesús es sacerdote y víctima; no es posible, pues, querer participar del sacerdocio de Cristo, sin participar de algún modo de su estado de víctima, en la medida determinada por la Providencia. Cuando el sacerdote sube las gradas del altar, lleva pintada a sus espaldas y sobre su pecho una cruz, que le trae a la memoria la del Salvador. 

Así lo comprendieron los grandes pastores de almas, que en tiempo de persecución dieron la vida por sus ovejas. Así lo interpretaron los sacerdotes santos, como un S. Bernardo, un Sto. Domingo, un S. Carlos Borromeo o el Cura de Ars, que ofrecía todos sus sufrimientos a favor de los fieles que se acercaban a él, al ofrecer el Cuerpo y la preciosa Sangre de nuestro Señor. 


“El sacerdote debe ser otro Cristo; pensando en la gruta de Belén, ha de ser humilde y pobre; y cuanto más lo sea, da a Dios más gloria y es más útil a su prójimo: el sacerdote debe ser un hombre despojado. Al acordarse del Calvario, ha de pensar en inmolarse hasta dar la vida. El sacerdote ha de ser un hombre crucificado. Pensando en el Tabernáculo, ha de recordar que es su deber darse sin cesar a los demás, y hase de convertir en un buen pan para las almas”. 

El P. Carlos de Foucauld, que se ofreció como víctima para sellar con su sangre su apostolado entre los Musulmanes, había escrito en un papel que llevaba siempre consigo: “Vivir como si hoy mismo debieras morir mártir. Cuando nos falta todo sobre la tierra es cuando más encontramos lo mejor que la tierra puede darnos: la cruz”. 

(Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior)